La Declaración de Independencia que proclamaron 13 colonias de la corona británica en 1776 está firmada por los representantes de “los Estados unidos de América” (sic). La mayoría de las 1.300 palabras del texto aprobado por el Congreso el 4 de julio componen una lista de quejas por “la historia de abusos y usurpaciones” del rey Jorge III más que la fundación de una nación, que ni siquiera tiene un nombre claro.

La misma frase se refiere a la independencia de las “Colonias Unidas”, tal vez una buena descripción de aquella alianza de territorios dispares y movidos por el deseo de romper con quienes imponían impuestos, leyes y guerras desde el otro lado del océano. Hasta después de la guerra de Secesión no se consolidó la conjugación de “Estados Unidos” en singular, como la actual: “Estados Unidos es…”

Puede que hoy no estuviéramos celebrando –o al menos recordando– este hito en la historia de la democracia constitucional si no fuera por la segunda frase de la declaración: “We hold these truths to be self-evident, that all men are created equal, that they are endowed by their Creator with certain unalienable Rights, that among these are Life, Liberty and the Pursuit of Happiness”. Según la traducción un poco fea de los Archivos nacionales de Estados Unidos: “Sostenemos como evidentes estas verdades: que todos los hombres son creados iguales; que son dotados por su Creador de ciertos derechos inalienables; que entre estos están la vida, la libertad y la búsqueda de la felicidad”.