La Declaración de Independencia de Estados Unidos, de la que hoy se cumplen 250 años, es un documento de una elocuencia demoledora y uno de los textos más influyentes de la humanidad. Comienza con un principio humanista revolucionario: “Consideramos que estas verdades son evidentes por sí mismas: que todos los hombres son creados iguales, que su creador los ha dotado de ciertos derechos inalienables, que entre ellos se encuentran la vida, la libertad y la búsqueda de la felicidad”. Para vivir de acuerdo con estas ideas, establece: que el poder de los gobiernos se deriva del consentimiento de los gobernados; y que el pueblo tiene derecho a cambiar o abolir cualquier forma de gobierno que vaya contra estos principios. El 4 de julio de 1776, todos los que estamparon su firma debajo de este texto eran traidores y se enfrentaban a la horca. Hoy, millones de personas viven en democracias inspiradas por estos principios y no aceptarían vivir de otra manera; y el resto aspira a ese mismo logro. Es justo reconocer el impacto histórico que tuvo poner las ideas de la Ilustración por escrito y convertirlas en acción política. Los últimos dos siglos de historia no se explican sin esa audacia. Pero ninguna celebración del 4 de julio, y menos cuando esta se produce con Donald Trump como presidente y su movimiento de fanáticos arrollando las instituciones, puede ignorar que el sistema constitucional inventado entonces nació sobre contradicciones profundas no resueltas que hoy siguen sangrando. Los hombres que llenaron páginas sobre la libertad y la igualdad ignoraron la monstruosidad de la esclavitud, que tenían en sus propias casas. Ese pacto odioso es la gran herida sin cerrar que aún define casi todas las particularidades de Estados Unidos. Incluso después de la abolición, el racismo institucional ha tenido distintas formas y no es ajeno al despiadado espectáculo de persecución de inmigrantes que practica el actual Gobierno de EE UU. EE UU nació renegando de las potencias europeas y de la guerra. Cuando rompió su aislacionismo fue para salvar a Europa de la autodestrucción, dos veces. Ya convertido en potencia mundial, ha ejercido un imperialismo atroz, pero al tiempo ha impulsado y sostenido el orden internacional que ha dado a Occidente un periodo de paz desconocido en la historia. Ese papel mundial contradictorio adopta hoy su peor versión: aislacionismo más belicismo. De Irán a Venezuela.Igualmente, la fabulosa riqueza creada por su sistema de libertades conlleva un reverso de pobreza inconcebible en cualquier otra democracia. Y un sistema pensado para responder directamente ante el pueblo ha sido capturado en diversos momentos de la historia por grandes poderes económicos y por charlatanes para ponerlo a su servicio. La alianza del trumpismo con la oligarquía tecnológica es uno de esos momentos. Los firmantes de la Declaración y de la posterior Constitución no se podían imaginar el país que acabaría siendo Estados Unidos. Sí se imaginaron, sin embargo, que en algún momento habría personajes como Donald Trump. Advirtieron contra los aspirantes a autócratas que intentarían despreciar las elecciones y aprovechar el cargo para enriquecerse, como ha hecho Trump con las criptomonedas. El sistema de equilibrio de poderes, la rigidez de sus procedimientos, están pensados para momentos como este. Y ahora mismo no está claro que ese sistema sea capaz de resistir intacto, porque las instituciones no están haciendo su papel para frenar el abuso de poder. Trump no es un presidente más, porque no aspira a seguir los ideales de 1776, sino a demolerlos. Si la curva de la historia es larga pero va en la dirección de la justicia, como afirmó Martin Luther King, ni los más entusiastas pueden negar que las fuerzas autoritarias que han impulsado a Donald Trump han logrado frenar, corregir e incluso revertir esa trayectoria allí donde ha podido. El hombre que hoy presidirá las celebraciones por el aniversario de la Declaración es el mismo que lidera el asalto a los ideales que representa.Estados Unidos es la democracia con la que se miden las democracias. Como exporta sus ideales, su cultura y su formidable potencia científica, exporta también sus aspectos más siniestros. Y hoy, en su 250 aniversario, el mensaje que transmite al mundo es que una minoría radical bien organizada, si la mayoría se lo permite, puede poner en cuestión incluso verdades que son evidentes por sí mismas.