Vivimos en una época paradójica. Nunca antes la humanidad había tenido acceso a tanta información y nunca antes había parecido tan dispuesta a desconfiar y atacar a quienes dedican su vida a producir ese conocimiento. La creciente corriente antiintelectual no consiste solo en cuestionar a las autoridades, algo saludable en una sociedad democrática, sino en algo más peligroso: la idea de que la ignorancia vale tanto como décadas de estudio.El historiador Richard Hofstadter ya advertía este fenómeno en Anti-Intellectualism in American Life (1963), obra que hoy resulta muy vigente. Más recientemente, Tom Nichols desarrolló la misma preocupación en The Death of Expertise (2017), donde sostiene que el problema no es la ignorancia como tal, sino el orgullo de permanecer en ella. Muchas personas han llegado a considerar que rechazar la opinión de los expertos es una forma de afirmar su autonomía y proteger su ego frente a la posibilidad de estar equivocadas.Las redes sociales han acelerado esta transformación. Antes las ideas extravagantes permanecían confinadas a pequeños círculos. Hoy un terraplanista puede encontrar miles de seguidores en cuestión de días, un creacionista puede construir una comunidad internacional y un antivacunas puede conseguir más likes que un investigador que lleva 30 años estudiándolas. Los algoritmos no distinguen entre evidencia y espectáculo. Premian aquello que genera interacción, y pocas cosas producen más “clics” que una teoría escandalosa.Pero, reducir este fenómeno a la simple desinformación sería insuficiente. Existe una causa psicológica más profunda. El ciudadano moderno vive sometido a una avalancha constante de datos, estudios, opiniones y noticias contradictorias. Comprender un tema complejo exige tiempo, paciencia y conocimientos especializados, recursos que la mayoría no posee. Nuestra sociedad tecnológica descansa sobre un entramado de conocimientos complejos y especializados que son imposibles de abarcar por una sola persona. Frente a esa sobrecarga e impotencia resulta tentador adoptar una salida emocional: declarar que los expertos mienten o no saben nada.Paradójicamente, la ignorancia deja entonces de ser una limitación para convertirse en una identidad. No saber produce orgullo. Si todo conocimiento especializado puede ser descartado como “una opinión más”, cualquiera puede sentirse a la altura de un científico, un economista o un historiador. La psicología ha descrito este fenómeno desde hace décadas. El llamado efecto Dunning-Kruger muestra que quienes poseen menos conocimientos en una materia suelen sobreestimar su propia competencia porque carecen de las herramientas para reconocer sus limitaciones. Quizá el mayor riesgo de nuestro tiempo no sea el exceso de información, sino nuestra creciente incapacidad para distinguir entre quien tiene una opinión y quien ha dedicado una vida a comprender un problema. Una democracia necesita ciudadanos críticos, pero también ciudadanos capaces de reconocer que, en un mundo extraordinariamente complejo, la humildad intelectual no es una debilidad. Es una condición indispensable para acercarnos a la verdad. (O)