OpiniónCuando la gente está enajenada por el fanatismo, se inventa toda clase de falacias y paparruchas para atizar su delirio.01.07.2026 22:01 Actualizado: 01.07.2026 22:01 Varias veces he citado aquí a Aníbal Galindo, un magnífico escritor colombiano del siglo XIX que decía que en nuestro país impera la “religión de partido”: la vivencia de las ideas políticas como si fueran un credo dogmático, confesional y teológico, un acto de fe que hace que muchos militantes de las colectividades y sus bifurcaciones parezcan más bien obcecados y alienados feligreses de capilla, fanáticos de una secta y nada más, porque eso es lo que son.Y aunque Galindo acuñó esa expresión en 1900, apenas despuntando el nuevo siglo, fue mucho después cuando se hicieron más visibles y patentes los estragos del fenómeno que ella nombraba, durante la guerra civil no declarada entre conservadores y liberales en ese periodo de nuestra historia que se suele llamar “La Violencia”, así con letras mayúsculas, y que va, según algunos, de 1948 a 1958, aunque yo creo que en realidad empieza antes, pero ese es otro tema.Lo cierto es que uno de los factores que llevaron a esa guerra, desde el más enceguecido y feroz sectarismo, fue la invocación irresponsable de una presunta “desobediencia civil”, un concepto de profundas raíces filosóficas y morales que tuvo en el mundo contemporáneo el ejemplo heroico de Mahatma Gandhi y su lucha contra la dominación británica en India, y que aquí devaluaron —y devalúan— quienes lo usaban para tramitar sus mezquinas rencillas de salón.Entre 1935 y 1958, justo durante los años brutales de la violencia bipartidista en Colombia, tanto el conservatismo como el liberalismo, en distintos momentos y por distintas razones, decidieron que no aceptaban el orden civil vigente y se lanzaron a desconocer a su adversario y a negar la legitimidad de todos sus actos. Pero una cosa era en los clubes, las tertulias, los periódicos y la radio, claro, y otra muy distinta era en las regiones, donde todo ocurría a machete.Sentar el precedente de que son los caudillos, o su remedo, los que deciden si reconocen o no el resultado de las elecciones es un acto de deslealtad con la democracia.En ese tiempo, y durante los momentos más críticos, cada bando se sintió investido de una razón moral superior para poner en entredicho las instituciones democráticas cuando el contrario tenía el poder en sus manos, y esa fue una de las causas principales de la violencia, de esa guerra civil no declarada: si el otro no existía o era la encarnación absoluta del mal, sus actos estaban viciados y había que rechazarlos o desconocerlos.Una premisa devastadora bajo la cual no puede funcionar ninguna democracia, porque la democracia, que consiste en tantas cosas tan complejas, también consiste en eso, sobre todo en eso: en que el ganador es el que gana y el perdedor es el que pierde, así de simple. Claro: cuando la gente está enajenada por el fanatismo, como pasó en los Estados Unidos en la elección del 2020, se inventa toda clase de falacias y paparruchas para atizar su delirio.El problema es que los que hoy están de un lado mañana estarán del otro, y sentar el precedente de que son los caudillos, o su remedo, los que deciden si reconocen o no el resultado de las elecciones y si aceptan sus consecuencias (lo primero implica lo segundo) es un acto de deslealtad con la democracia y con el pueblo, al que tanto manosean y nombran y utilizan los que no aceptan su veredicto cuando no les conviene.Lo ha dicho la Corte Constitucional al hablar justo de la desobediencia civil en nuestro país: que sus expresiones “deben guardar un mínimo de lealtad al régimen político, y esa lealtad debe cifrarse en la aceptación de que el cambio de política o de sociedad que se propugna ha de obtenerse a través del consentimiento de la mayoría, no mediante la imposición...”. Eso es la democracia, de eso se trata.Y no deja de ser triste que sus presuntos guardianes de la víspera, que se autoproclamaban la salvación contra el fascismo, no lo tengan así de claro. Sigue toda la información de Opinión en Facebook y Twitter, o en nuestra newsletter semanal. BOLETINES EL TIEMPORegístrate en nuestros boletines y recibe noticias en tu correo según tus intereses. Mantente informado con lo que realmente te importa.EL TIEMPO GOOGLE NEWSSíguenos en GOOGLE NEWS. Mantente siempre actualizado con las últimas noticias coberturas historias y análisis directamente en Google News.EL TIEMPO WHATSAPPÚnete al canal de El Tiempo en WhatsApp para estar al día con las noticias más relevantes al momento.EL TIEMPO APPMantente informado con la app de EL TIEMPO. Recibe las últimas noticias coberturas historias y análisis directamente en tu dispositivo.SUSCRÍBETE AL DIGITALInformación confiable para ti. Suscríbete a EL TIEMPO y consulta de forma ilimitada nuestros contenidos periodísticos.