La lucha por el arroz para uno lo empuja hacia su peor versión. La defensa del “mínimo dos personas” es también defensa del buen hacer
“Venga, ¿qué te cuesta?”.
He aquí un servicio de mediodía de agosto, en un comedor lleno de un restaurante de costa cualquiera. En la mesa de siete han pedido cinco arroces individuales distintos. En la mesa de cinco han cogido tres más, y una paella para dos. En la comanda del grupo de doce hay cuatro arroces y tres mariscadas para compartir. ¿A quién no le apetece una paellita en vacaciones? En la cocina, el jefe de partida de los arroces está en el cuarto de las escobas en posición fetal.
Cada verano resucitan las protestas porque en el restaurante la paella es para un mínimo no de seis ni de cuatro, sino de dos personas. “Tengo derecho a comerme un arrocito para uno”, dicen algunos, “y a que me lo hagan”, implican.
Si las diferentes oleadas de esta queja recurrente no han tenido éxito en el pasado es porque en el fondo de la cuestión hay un tema logístico que es matemática pura: una paella o un arroz no se comportan como un cocido o un estofado, ni como una carne a la plancha con salsa y guarnición. Al arroz no se le puede dejar desatendido a su aire, y una paella no solo bloquea un fuego o dos durante veinte minutos seguidos, sino que captura la atención de un cocinero casi en exclusiva todo ese tiempo.










