Una suerte de road movie en busca del rastro de la antigua colonia Nova Galicia vertebra A lingua estranxeira (en gallego, Galaxia, 2026). A su protagonista, un académico precario gallego de nación e interesado en el origen de las lenguas, la justicia respecto a la historia o la literatura burocrática y su papel en la dominación colonial, lo acompaña un estanciero, Carlos, que huyó de la ciudad. Su relación es opaca, inevitable. Pero la segunda novela de Brais Lamela (Vilalba, 1994) excede, con mucho, ese hilo narrativo. Las cartas de un colono decimonónico o la relación insomne del propio académico y su pareja, otra investigadora que trabaja en la restitución del origen de las estatuas de un museo, también forman parte del tejido de un libro híbrido y expansivo, político. “Una lengua que se arma y desarma, eso es lo que hablamos, una lengua incierta que todavía no sabe cuánto puede acercarse, que avanza a tientas, con la torpeza de un niño”, escribe Lamela. A lingua estranxeira piensa sobre la violencia colonial pero entiende que ese pasado sigue activo en el presente. Un ejemplo: las derechas legitiman sus políticas reaccionarias reivindicando lógicas imperiales.

“En Galicia tenemos una visión demasiado benévola de nuestra emigración”, sostiene el autor en conversación con elDiario.es, “y me interesaba pensar en una historia de gallegos como colonizadores, tratar de mirar el pasado de manera que no nos sitúe siempre en un rol de víctima”. Interrogar lugares comunes, explorar zonas oscuras, navegar ambivalencias. “No me vale meter todo en el mismo saco”, aduce, “prefiero una visión que distinga entre élites y subalternos, tanto en América como en Galicia”. Pero, aunque teoriza, esta novela no renuncia en absoluto a “los elementos propios de la literatura”: la imaginación, la división de lo sensible, el río que arrastra sedimentos, una prosa atenta al discurrir material del mundo, lo que emiten los cuerpos.