El país de Sara Gallardo es extrañamente familiar y extravagante real. Es un país imaginado en la narrativa argentina hegemónica que la escritora lo macanea con las segundas y terceras filas, encendiendo lenguas y sentidos antes excluídos o borrados, ahora recobrados y dichos. Es una larga mesa de solitarios que se embarra en los lindes de historia oficial, que para ella era biografía con sus parientes que hicieron la nación. “En mi caso escribir –y escribir mucho, aunque sea de manera imperfecta– significa un esfuerzo por desenrollar una especie de madeja interna”, dijo a principios de los setenta, en los meses que mediaron desde la impredicible novela Eisejuaz y la escritura de los cuentos de El país del humo, recién aparecidos en 1977 mientras recalaba la periodista y narradora en Barcelona. Algunos mataban en ese momento por reorganizar este país y en la solución final de un desierto. Sara Gallardo avivaba, desactual y contemporánea, “la llama que se alza y después se borra y otra vez se alza”.

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