Esta es una historia familiar, porque resuena en un portador de la memoria, quien escuchó la saga natural de su raíz inmigrante para escribir. En la apariencia confesional de una serie de infidencias –incluso las que humillan al que enuncia, porque deja expuesta su impotencia o incapacidad de intervención en lo real–, el ornamento del ego se diluye. Así aparece el peso de la Historia, los hechos. Guebel extiende los capítulos como tela para el corte: confecciona así el modelo progresivo de la memoria de Blanca, la tía, blanco de conflictos familiares, una página en blanco que registra el todo y sus causas, especie de vórtice del huracán: trata de dar calma ante lo irremediable mientras el sustrato trágico sigue latente. Si la geografía va de Europa a esta tierra y de aquí a Estados Unidos, es en un cruce de otras fronteras, las de lecturas y escuchas, también excusas. La noción que surge es la del pionero, pero sin carretas, sin la inocencia de creer en una misión divina. Hay que poblar el mundo, contra viento y marea. Y la memoria de Blanca resulta indolente, sabia. Resuena así la Antología de Spoon River de Edgar Lee Masters, pero en voz alta, volviendo sobre versos inevitables. Un ejercicio que se repite, al azar, buscando la cita en Nosotros, los Caserta de Aurora Venturini. Por último, hace casi dos años recomendaba en este sitio la novela Soy una tumba de Facundo Báñez con una pregunta y su respuesta (que adquiere potencia con esta ficción); “¿Perdernos en las palabras es buscar el epitafio en todas las páginas? Lean este libro desnudos, sin pudor.”