De familia patricia, criado entre París y la estancia familiar “La Porteña” en San Antonio de Areco, Ricardo Güiraldes fue el gran escritor argentino que ayudó a consolidar la identidad nacional. Esa doble pertenencia cultural, centrada en su formación cosmopolita, tanto aristocrática como rural, le permitió delinear una particular perspectiva, que se convertiría en un antecedente fundamental para entender la complejidad de su obra. Güiraldes escribió sobre el campo pero no lo hizo desde el lugar del terrateniente alejado de la realidad que lo rodeaba, sino desde la mirada de alguien que reivindica ese mundo como patrimonio simbólico de la argentinidad. Y lo hizo, precisamente, cuando el proceso aluvional de la inmigración masiva de principios del siglo veinte ponía en cuestión al “ser argentino”. Pero para Güiraldes nunca hubo dudas: la tierra sería siempre sinónimo, y a su vez, definición de la nación. Es Don Segundo Sombra, su obra más acabada y uno de los textos fundacionales de la literatura argentina del siglo veinte, donde mejor se expresa esa concepción. La historia se centra en la vida del protagonista Fabio Cáceres, un niño huérfano que se cría junto a Don Segundo Sombra, un gaucho que lo inicia en los oficios manuales de la vida rural, como la doma, el arreo o la faena, pero también le inculca conceptos morales vinculados a la filosofía del hombre de campo, como la sobriedad, la palabra empeñada y el estoicismo frente a la adversidad. Antes del final, Fabio descubre que es hijo natural de un estanciero que ha fallecido y hereda grandes proporciones de tierras. Se construye así un desenlace triunfal: el gaucho errante, que encuentra en la tierra su oficio y saber, termina fundiéndose con el estanciero, que ostenta el territorio como patrimonio. Esa fusión es la que funciona como alegoría de la identidad nacional en el legado de Güiraldes. ¿Por qué recalar en una obra popular concebida hace más de cien años? Porque es en la tierra, como valor simbólico y político, precisamente, donde Javier Milei conoció esta semana su propio límite. Como nunca antes había sucedido desde que logró un amplio margen legislativo en las elecciones de 2025, el Presidente tuvo que retroceder en una reforma por una razón que no fue presupuestaria ni del orden del procedimento, sino estrictamente política: la venta de tierras a extranjeros. El miércoles 5 de agosto, el oficialismo dio de baja el capítulo de extranjerización de tierras dentro del proyecto de Ley de Inviolabilidad de la Propiedad Privada, después de comprobar que no tenía los votos necesarios en el Senado. La marcha atrás representó la primera vez que el Gobierno debió mostrarse en retirada por una cuestión que el resto de la sociedad, no solo los legisladores, interpretó como una “causa nacional”. Nación y tierra: Güiraldes.
Algo se rompió en el oficialismo y ya nada será igual: el límite de la tierra
De familia patricia, criado entre París y la estancia familiar “La Porteña” en San Antonio de Areco, Ricardo Güiraldes fue el gran escritor argentino que ayudó a consolidar la identidad nacional. Esa doble pertenencia cultural, centrada en su formación cosmopolita, tanto aristocrática como rural, le permitió delinear una particular perspectiva, que se convertiría en un antecedente fundamental para entender la complejidad de su obra. Güiraldes escribió sobre el campo pero no lo hizo desde el lugar del terrateniente alejado de la realidad que lo rodeaba, sino desde la mirada de alguien que reivindica ese mundo como patrimonio simbólico de la argentinidad. Y lo hizo, precisamente, cuando el proceso aluvional de la inmigración masiva de principios del siglo veinte ponía en cuestión al “ser argentino”. Pero para Güiraldes nunca hubo dudas: la tierra sería siempre sinónimo, y a su vez, definición de la nación. Es Don Segundo Sombra, su obra más acabada y uno de los textos fundacionales de la literatura argentina del siglo veinte, donde mejor se expresa esa concepción. La historia se centra en la vida del protagonista Fabio Cáceres, un niño huérfano que se cría junto a Don Segundo Sombra, un gaucho que lo inicia en los oficios manuales de la vida rural, como la doma, el arreo o la faena, pero también le inculca conceptos morales vinculados a la filosofía del hombre de campo, como la sobriedad, la palabra empeñada y el estoicismo frente a la adversidad. Antes del final, Fabio descubre que es hijo natural de un estanciero que ha fallecido y hereda grandes proporciones de tierras. Se construye así un desenlace triunfal: el gaucho errante, que encuentra en la tierra su oficio y saber, termina fundiéndose con el estanciero, que ostenta el territorio como patrimonio. Esa fusión es la que funciona como alegoría de la identidad nacional en el legado de Güiraldes. ¿Por qué recalar en una obra popular concebida hace más de cien años? Porque es en la tierra, como valor simbólico y político, precisamente, donde Javier Milei conoció esta semana su propio límite. Como nunca antes había sucedido desde que logró un amplio margen legislativo en las elecciones de 2025, el Presidente tuvo que retroceder en una reforma por una razón que no fue presupuestaria ni del orden del procedimento, sino estrictamente política: la venta de tierras a extranjeros. El miércoles 5 de agosto, el oficialismo dio de baja el capítulo de extranjerización de tierras dentro del proyecto de Ley de Inviolabilidad de la Propiedad Privada, después de comprobar que no tenía los votos necesarios en el Senado. La marcha atrás representó la primera vez que el Gobierno debió mostrarse en retirada por una cuestión que el resto de la sociedad, no solo los legisladores, interpretó como una “causa nacional”. Nación y tierra: Güiraldes.






