Actualizado S�bado,
junio
20:25La intimidad con la que algunos dirigentes hist�ricos y fundadores de Ciudadanos celebraron este s�bado en un local de Barcelona el veinte aniversario de su constituci�n como partido, un acto en el que intervinieron Arcadi Espada, Teresa Gim�nez Barbat, Jordi Ca�as, Jos� Domingo, Carlos Carrizosa y Rafael Arenas, pero al que no acudieron Albert Rivera ni In�s Arrimadas entre otros, contrasta con la evidente similitud de la actual situaci�n pol�tica en Catalu�a y Espa�a con la de entonces: la misma alianza entre la izquierda y el nacionalismo para expulsar de las instituciones a la derecha y avanzar en una modificaci�n, formal o de facto, de la arquitectura constitucional y su filosof�a. De la �Espa�a plural� de Rodr�guez Zapatero a la �Espa�a plurinacional� de Pedro S�nchez.Los compases iniciales de Cs surgieron tambi�n para dar respuesta a la demanda de un proyecto pol�tico moderno para construir �una sociedad libre de las ideolog�as rom�nticas y del colectivismo reaccionario�. Porque si algo pretendi� ser y logr� representar durante m�s de una d�cada Cs en Catalu�a, donde resisti� y creci� gracias a la determinaci�n y habilidad de Rivera como su l�der parlamentario, fue un canto a la modernidad frente a los virus identitarios.La presentaci�n el 7 de junio de 2005 del manifiesto Por un nuevo partido pol�tico en Catalu�a, s�ntesis de las conversaciones que un grupo de quince intelectuales de un amplio espectro ideol�gico -desde la socialdemocracia de Francesc de Carreras y F�lix de Az�a, al liberalismo de Espada, Barbat, Xavier Pericay y Ferran Toutain, el conservadurismo de Horacio V�zquez Rial o el marxismo de F�lix Ovejero-, que hab�an mantenido en el reservado del restaurante El Taxidermista, y su constituci�n el 9 de julio de 2006 como Ciutadans, supuso la aparici�n de un OVNI pol�tico que sacudi� las turbias aguas del oasis catal�n que el PSC de Pasqual Maragall hab�a heredado del pujolismo para que todo siguiera en su lucrativo orden.Acto de celebraci�n del veinte aniversarioMUNDODesde un primer momento el establishment silenci� y despreci� el proyecto de Cs, acus�ndole de ser un reducto de nietos del franquismo y nuevos lerrouxistas, seguramente porque la �lite catalana supo entender antes y mejor que los propios fundadores de Cs y sus primeros dirigentes el peligroso potencial de cambio que conten�a aquella incipiente revuelta c�vica. En 2018, con Arrimadas como candidata, aquellos �inadaptados� que en 2006 entraron contra pron�stico en el Parlament con tres diputados -un voto de castigo a la traici�n del PSC y la apat�a del PP-, m�s un movimiento c�vico y algo toca cojones que una organizaci�n pol�tica al uso, convirtieron a Cs en la primera fuerza de Catalu�a, con un voto diverso votada muy diverso en lo ideol�gico y los social, para poner por primera vez en cuesti�n el status quo catal�n. Como resumi� el dramaturgo Albert Boadella, uno de los padres fundadores de Cs, fue �una traici�n a la naci�n inventada�.UN MILL�N DE VOTOSPrecisamente, haber conseguido lo que parec�a imposible, y sin dinero, siendo pocos y enfrent�ndose a todos los medios de comunicaci�n de Catalu�a, agrand� la sensaci�n de oportunidad perdida al no haber aprovechado ese mill�n votos de 2018 para llevar a cabo una �desnacionalizaci�n� de la Generalitat y sus estructuras de �construcci�n nacional� como TV3 o la subvencionada �patum cultural� o el sistema escolar. Arrimadas no logr� en 2018 la mayor�a absoluta para la investidura, bloqueada por el nacionalismo y el PSC, pero ten�a un patrimonio de un mill�n de votos que Cs, m�s centrado en el salto a la pol�tica espa�ola, no supo emplear.�Despu�s de 23 a�os de nacionalismo conservador, Catalu�a ha pasado a ser gobernada por el nacionalismo de izquierdas�. Con esta frase que abr�a el manifiesto fundacional comenz� la historia de un movimiento contra una anomal�a catalana: la connivencia de la izquierda con el nacionalismo, que hoy ya es una anomal�a espa�ola. En un art�culo publicado en El Peri�dico, F�lix de Az�a se�alaba que el �nico precedente en el que la izquierda y el nacionalismo se fusionaban hab�a sido en Alemania a partir de 1930. Catalu�a es diferente y pionera en todos los ismos pol�ticos que irrumpen en Espa�a, como la reedici�n de ese nuevo �frente popular� que supuso en la pr�ctica el pacto tripartito de Pasqual Maragall con ERC e Iniciativa, y su Pacte del Tinell, para expulsar a la derecha espa�ola -no a la amiga Converg�ncia- de las instituciones y la vida p�blica.Una de las conclusiones cuando se cumplen dos d�cadas de su fundaci�n es que Cs fue un artefacto punk que pudo cambiar el sistema en Catalu�a, al menos lo zarande� y permiti� que muchos catalanes hablaran desacomplejadamente contra la casta nacionalista. Un descaro que fue determinante a la hora de frenar el golpe de Estado de 2017 siendo el partido que abander� las dos grandes movilizaciones constitucionalistas en Barcelona. Uno de los legados de Cs es que el nacionalismo perdi� el patrimonio de la ley del silencio.Rivera no tuvo el mismo �xito en su intento de conquista de Madrid cuando intent� sustituir al PP como el macho alfa de la derecha espa�ola. As�, lo que no lograron los poderes f�cticos catalanes -acabar con ese molesto partido de �lerrouxistas�-, lo hizo sin miramientos y velozmente el poder madrile�o cuando Rivera dej� de serles �til en el proceso de sustituci�n de Mariano Rajoy en la Moncloa. Rivera y su equipo no contaban con la experiencia, ni la estructura territorial, ni los apoyos para una empresa que acab� desnudando su biso�ez.El mal morir de Cs, con la dimisi�n de Rivera en noviembre de 2019, tras perder m�s de 1,6 millones de votos respecto a las elecciones generales del 28 de abril -una debacle sin precedentes-, y el posterior fracaso de Arrimadas, sumado a la desafecci�n de muchos de los intelectuales fundadores ante las ruinas del proyecto naranja, oscurece la vigencia de su ideario pol�tico. As� como la existencia de un espacio de centro liberal, europe�sta, conectado a la realidad global del siglo XXI y sus avances tecnol�gicos, que espera ser representado por alg�n partido como sucede en el resto de pa�ses europeos.













