Me voy a comer el mundo, me obligo a decirme para animarme, con entusiasmo, como si acabase de sonar el himno de Francia. Están de testigos mi perra y un bonsái muerto. Aunque lo digo y tardo todavía diez minutos en retirar los pies de la mesa donde escribo –y a veces como– y ponerme en marcha. Supongo que el mundo también se puede conquistar despacio, un poco con los brazos cruzados, sin matarse. Después de todo, es jueves y el primer partido del día para mí, un Ecuador-Alemania del que no sé qué pensar, no comienza hasta las diez de la noche. Y no son ni las diez de la mañana. Hay margen de sobra, creo yo, para adueñarse de todo.

Primero, vestirse. Se pueden hacer muchísimas cosas en doce horas. Pero en este punto emerge una verdad que difícilmente se discute: si tienes tiempo, lo pierdes. De hecho, me pongo a leer el enésimo artículo sobre el gol de Maradona regateando a media selección inglesa en el 86. Solo ahí ya se me van tres minutos. Pero qué minutos, señores y señoras. Pasan los años, las décadas, los cambios de siglo, y no se erradican ni la guerra, ni el hambre, ni los artículos sobre ese gol. Qué drama.

Dios aprieta, pero aún no me ahoga –sigo animándome–, y después del artículo mi existencia se compensa con un reel, también de Maradona, en el que se ve al mito argentino, ya retirado, posando ante una pancarta solidaria en la valla de un estadio. Durante el acto, emerge cada poco un molesto brazo por debajo de la lona, que estropea el momento, descolocándola. A la tercera vez, a Maradona se le agota la paciencia y le