Llené la previa del debut mundialista de España de pequeñas acciones, algunas innecesarias, con las que distraerme y que de pronto ya fuese la hora del partido. Salí a comprar pan, por ejemplo, y al regresar volví a salir a comprar pan porque antes había comprado otras cosas que no necesitaba, porque ya tenía, pero no pan. También empecé a empezar a hacer la maleta, ya que al día siguiente me iba a Sicilia. En el colmo de mi entrega a la acción, vi una pequeña mancha en el televisor y me puse a limpiarla, agrandándola hasta extremos inexplicables. Quizá lo más hermoso de un mundial es cómo llenas todo ese tiempo que falta antes de un partido que te apetece mucho ver. Siempre las vísperas emanan una gran luz. Después, cuando rueda el balón, a menudo las cosas van a peor, se gastan, se deterioran, incluso se rompen. “Me encantan los veranos, nunca pierdes partidos”, decía Roy Evans cuando entrenaba al Liverpool y veía aún lejos la nueva temporada, con la posibilidad de pegarse una hostia.

Ese filo de la eternidad en el que imaginas las cosas hermosas que aún pueden suceder es un lugar perfecto para quedarse. Por momentos te olvidas hasta de que hay partido, como le ocurrió a Garrincha en la final del Mundial de Chile. Había regresado al vestuario, tras el calentamiento, cuando se acercó a Aymoré Moreira, el seleccionador, y le consultó: “¿Disculpe, maestro, ¿hoy es la final?” Moreira lo miró incrédulo: “Sí… jugamos contra Checoslovaquia”. “Ah… con razón hay tanta gente”, dijo Garrincha.