Empieza el Mundial y me pilla a merced de un meticuloso plan para desengancharme del teléfono, que seguido a rajatabla resulta imbatible. Pero hay que atenerse a él, claro, y no flaquear ni un segundo. De hecho, ya puede explotar el mundo que yo no me despego ni un paso del plan. ¿Y me está funcionando? Hombre, creo que es pronto para decirlo: acabo de implantarlo.

Por ahora, ha consistido en ir a comprar un despertador a Electrodomésticos Aragonés para ver el Corea-República Checa a las cuatro de madrugada, mi primer partido de la competición, toda vez que el México-Sudáfrica me sorprendió presentando un libro, en concreto uno que he presentado ya en dieciocho ocasiones.

Iba a pedirle al dependiente el mejor de la tienda, como si un despertador fuese un coche, pero me pareció que todos se parecían demasiado (las agujas, los doce números de toda la vida, etc.), así que al final reclamé el más barato. Con un poco de suerte quizás el más barato y el mejor fuesen el mismo. «Es para ver el Corea-República Checa, de entrada», precisé ante su mirada neutra, de periquito. En efecto, así iba a abandonar yo la adicción al teléfono, por la puerta grande: dejando de usarlo como despertador.

En mi familia, la llegada de un mundial ha corrido casi siempre paralela a una adquisición rutilante, como si la vida no se sostuviese en pie sin objetos: un nuevo televisor, una nueva antena, un reproductor de vhs, otro televisor, un control remoto universal, una cama articulada, un plasma, un ventilador, y este año, como digo, un despertador. El desfase horario constituye uno de los atractivos de los mundiales lejanos, capaces de imponerte un estilo de vida propio, acaso feroz, pero que, si lo asumes, se parece a gozar de una doble existencia: la de la península y la de donde sea, esta vez América del Norte.