Sentados en la terraza de un bar de Córdoba, mi amigo J. y yo disfrutábamos de sendas copas de vino mientras un grupo de polillas blancas revoloteaba alrededor de las farolas al compás de una brisa reconfortante. “Antes, solía hacer este fresquito buena parte del verano” –musité, anclada en la excepcionalidad de lo respirable–; “antes, había murciélagos que se comían a las polillas” –dijo él. En efecto, a quienes guardamos una memoria que la ciencia avala no nos cuesta reconocer cierta nostalgia de los estíos de nuestra infancia: ese clima que ya no existe, sus ritmos ecológicos y vitales. Precisamente Córdoba, la tierra donde en estas fechas el aire arde, muchos comercios cierran por las tardes y las casas se habitan en la más profunda penumbra (bajo capas de celosías, toldos, cortinas y persianas), ha experimentado esta ola de calor con relativa normalidad. El incremento del termómetro no ha llegado a su cénit, y además contamos con el umbral más alto de temperatura a partir de la cual se disparan los riesgos para la salud por calor: 41,3 grados. Sin embargo, esa frontera de resiliencia, que apunta al peligro de mortalidad –determinada por el Ministerio de Sanidad– es mucho más baja en otras zonas del país: 37,4 grados en Madrid, 30,3 en el litoral barcelonés, 26,7 en el cántabro, o 29,1 en el estrecho de Gibraltar. La anomalía extrema que se ha vivido especialmente en la mitad norte de España y en Europa supera con creces el umbral de aguante de muchos cuerpos, en una situación de vulnerabilidad tan preocupante como urgente es la necesidad de preparar nuestras ciudades para el infierno.PublicidadVamos a repasar algunos datos, de ésos que caen fácilmente en saco roto, o se comunican en los informativos inmediatamente antes o después de relatar las cifras de ocupación hotelera, cuánto sube el PIB, o los chapuzones placenteros que proporcionan nuestras playas. Me estoy refiriendo a los climáticos: Gran Bretaña y Suiza han batido récords de temperaturas más altas para un mes de junio, y en España se batieron los de la mínima más elevada: 31 grados en la costa almeriense. Aún sin números oficiales de fallecidos, Francia mantiene al 75% de su población en alerta roja mientras los centros de salud ven sobrepasada su capacidad de atender a la gente que llega enferma de canícula. Los tres niños que han fenecido atrapados en coches representan apenas la punta del iceberg de una meteorología funeraria que podría asemejarse a los niveles de agosto de 2003: durante esa ola de calor, se calcula que murieron 70.000 personas en todo el continente, 15.000 de ellas en el país galo. Veinte años no es nada –rezaba la canción–, pero lo cierto es que, desde aquel evento catastrófico, la concentración de CO2 en la atmósfera ha aumentado en torno al 11%. En otras palabras: el cambio climático se ha ido agudizando, al igual que la pérdida de biodiversidad, y una indolencia ciudadana e institucional exasperante.La gran pregunta –reiteradamente lanzada en circunstancias de emergencia, y olvidada cuando parece regresar cierta normalidad– sería, entonces: ¿a qué estamos esperando? Es preciso asumir que pisamos un planeta Tierra completamente distinto al de hace unas décadas; que la crisis climática continuará agravándose; que nuestros hábitos, paisajes y organización política deben modificarse obedeciendo a las imposiciones de la catástrofe y no al contrario. Esto pasa por reverdecer las ciudades, sustituyendo el asfalto por plazas blandas, arbustos y unos árboles que, recién plantados, requieren cuidados y riegos hasta que por fin alcancen a dar sombra. Reducir el uso del vehículo privado, repensar la movilidad de mercancías y reconfigurar completamente una arquitectura concebida para un mundo ya obsoleto deberían formar, asimismo, parte de un plan adecuado a este clima, así como adaptar los horarios laborales y escolares para que no haya nadie trabajando o intentando terminar un examen en condiciones inhumanas. Todo ello implica no sólo la colaboración de las administraciones públicas, sino también la protesta pacífica en caso de inacción, la sindicalización de los sectores más afectados (muchos: agricultura, docencia, personal sanitario, etc.), o la activación de agentes culturales que ayuden a reconceptualizar el desastre. La cultura, de hecho, ignorada habitualmente en los programas electorales, juega un papel esencial a la hora de construir nuevos imaginarios, y difundirlos desde el goce estético y la pedagogía.Lo que se está fortaleciendo, no obstante, en lugar de una praxis que contribuya al bienestar, es un negacionismo cerril, aliado involuntario del conformismo frente a acontecimientos cada vez más dañinos. Nunca ha hecho tanto calor, ni ha engrosado los termómetros de manera tan acelerada; y quizá nunca se haya visto que a un problema de tamaña envergadura lo acompañe semejante falta de movilización colectiva.
Morir de calor (otra vez)
Es preciso asumir que pisamos un planeta Tierra completamente distinto al de hace unas décadas; que la crisis climática continuará agravándose










