No voy a dejar que los malajes me arruinen lo mucho que queda de este verano de 2026, probablemente el más fresquito del resto de nuestros días. Como ustedes, amigas lectoras, amigos lectores, sufro los calores desmesurados de estos días, y, además, con el convencimiento de que, de haber tenido poder, nosotros hubiéramos combatido desde hace lustros el calentamiento global con medidas enérgicas. Pero, ay, las petroleras impusieron su poder y estamos como estamos, víctimas de una canícula tremebunda y de sus corolarios, esos incendios forestales gigantescos a los que seguirán en otoño inundaciones catastróficas.
Sin embargo, aunque achicharrado, sigo vivo y coleando, disfrutando de los placeres estivales a mi alcance: unos baños en la playa, almuerzos y cenas con amigos a los que hacía meses que no veía, una tarde en un cine fresquito viendo la recreación de La Odisea de Christopher Nolan, la velada en la que La Roja ganó muy merecidamente el Mundial del fútbol. Y, miren, tanto La Odisea como la final del Mundial me han confirmado que hay historias que terminan teniendo un final feliz. Odiseo consiguió llegar a Ítaca y reencontrarse con Penélope, el fútbol limpio y coral de La Roja consiguió imponerse a las marrullerías.










