Son las 17:48 del miércoles 24 de junio, último día de la ola de calor que ha abrasado España y gran parte de Europa. La temperatura en la calle Margallo, en el distrito de Tetuán, en Madrid, roza los 38ºC. “Te aseguro que la sensación térmica supera los 43ºC”, aclara Beatriz, una camarera que se abanica en la puerta de un pequeño bar sin climatización ni clientes. Y agrega: “Parte de la culpa la tiene el cemento, todo es hormigón en este barrio”. Razón no le falta.
Los árboles en esa zona se cuentan con los dedos de las manos. Hay algunos pocos girando hacia Bravo Murillo, una de las arterias más anchas y transitadas de la zona. Casi ninguno en calles estrechas como Limonero o San Felipe. Hay coches, aceras, edificios y muchos comercios. Pero la naturaleza urbana —el color verde—, un elemento central de la adaptación al calor extremo, brilla por su ausencia.
En Tetuán, al noroeste de la capital, viven aproximadamente 169.500 personas. Se distribuye en una superficie de 5,3 kilómetros cuadrados, lo que lo convierte en uno de los distritos más densamente poblados de Madrid. De larga historia de acogida de población inmigrante obrera, este barrio, que no escapa a la turistificación ni a la especulación inmobiliaria —más de 20 nuevos edificios en los últimos tres años, según el registro de licencias otorgadas por el Ayuntamiento de Madrid— es considerado uno de los más diversos y multiculturales de la ciudad.












