Cada año nos persigue la canción del verano de turno, pero hay otra, cantada a capela, que permanece impasible en el número 1 desde hace décadas. Se llama Qué calor y a coro la tarareamos todos al ritmo de la escalada de los termómetros. Es una tradición que se pierde en la noche de los tiempos: quejarnos del bochorno del estío, pero ahora cobra un aspecto más intimidante pues ya no la expresión de una incomodidad personal, sino la certeza de alcanzar hitos históricos. Y de que estos vienen acompañados de desastres medioambientales.El calentamiento global ha dejado de ser una amenaza futurible para convertirse en una realidad que empapa la piel. En este contexto, para algunos el calor se vuelve aún más furioso y el ahogo contiene una dosis de ansiedad… de ecoansiedad. Esta es la preocupación extrema que suscitan los temas relacionados con el medioambiente y que en ocasiones se agudiza con las tórridas temperaturas y, como tristemente está sucediendo estos días, con las noticias de los incendios.La relación entre el calor, la ansiedad y la ecoansiedadVista de una heladería este miércoles, en Granada (Andalucía).MIGUEL ANGEL MOLINAUn calor intenso causa un efecto sobre el cuerpo que no percibimos como agradable. El organismo realiza un esfuerzo para regular su temperatura. “Esto puede generar sudoración, taquicardia, cansancio, mareo, sensación de ahogo, irritabilidad o dificultades para concentrarse. Estos síntomas son muy similares a los de una crisis de ansiedad. Una persona con tendencia a interpretar las sensaciones corporales como peligrosas puede notar el corazón acelerado, asustarse, aumentar su nivel de alerta y entrar en un círculo de ansiedad”, revela la psicóloga Sandra López, directora de l’Institut Psicològic Arrels.Otro factor que no puede pasar inadvertido es que con las altas temperaturas cuesta conciliar el sueño y no haber pegado ojo dificulta la regulación emocional y aumenta la irritabilidad. El mundo se ve a través de un cristal oscuro tras una noche agitada.Lee tambiénCuando las noticias que acompañan este malestar pintan un futuro nada halagüeño, al malestar físico se le suma el mental.“Por una parte, el calor provoca un malestar físico real. Por otra, puede interpretarse como una prueba visible de aquello que la persona teme. Para alguien con ecoansiedad, una ola de calor no es únicamente una temperatura incómoda. Puede convertirse en la confirmación de que la situación está fuera de control, de que el futuro temido ya ha comenzado. Se genera entonces un círculo de retroalimentación: el calor activa el organismo, las sensaciones corporales activan la alarma psicológica y la interpretación climática incrementa todavía más esa alarma”, ilustra López.¿Preocupados u obsesionados por el cambio climático?Los expertos Irene Baños, Silvia Collado y Jordi Domingo, en un encuentro organizado por La Vanguardia sobre ecoansiedadIgnacio Rodriguez / Propias“Las constantes olas de calor que sufrimos en toda la zona mediterránea y en otras partes del mundo nos llevan a pensar que el número de personas afectadas por diferentes niveles de ecoansiedad irá en aumento”, comentó María Pastor-Valero, profesora de Medicina de la Universidad Miguel Hernández de Elche en una ponencia en el Congreso Anual de la Sociedad Española de Epidemiología.El cambio climático tiene una dimensión ambiental, económica y política. Pero también es un tema que afecta a la salud, y no únicamente a la salud física, sino también a la mental. En este sentido, la ecoansiedad sería la manifestación más radical de este malestar.El término ecoansiedad nació en los años noventa, se popularizó a partir de 2005 y desde 2017 la Asociación Americana de Psicología publica un informe sobre cómo el cambio climático afecta a la salud mental. Una evolución pareja a los pronósticos negativos sobre el futuro medioambiental. “La ecoansiedad puede expresarse mediante una preocupación persistente por el futuro del planeta, miedo ante fenómenos meteorológicos extremos, tristeza por la pérdida de biodiversidad, rabia, culpa, irritabilidad o sensación de impotencia”, define López.De todos modos, tal y como destaca la psicóloga, “es importante aclarar que la ecoansiedad no es, por sí misma, un trastorno mental. Sentir preocupación ante una amenaza real puede ser una respuesta coherente y adaptativa. La cuestión clínica no es únicamente cuánto preocupa el cambio climático, sino qué efecto tiene esa preocupación en la vida de la persona”.La ecoansiedad, como buena parte de las reacciones regidas por la ansiedad, se crece ante la incertidumbre que azuza la imaginación hacia los futuros más lóbregos. La mente busca desesperadamente recuperar el control. La forma de lograrlo (o de engañarse creyendo que lo ha logrado) cambiará dependiendo de cada individuo. De hecho, la estrategia puede ser diametralmente opuesta en la forma e idéntica en el fondo. “Algunos consultan repetidamente las previsiones, las temperaturas, los mapas de incendios, las alertas meteorológicas o las reservas de agua. Esta conducta les proporciona momentáneamente una sensación de control, pero puede acabar manteniendo activo el sistema de alarma”, describe López.Necesitamos encontrar un espacio intermedio entre la negación y la desesperanzaSandra López,Directora de l’Institut Psicològic ArrelsExiste, por otra parte, el perfil contrario: las personas que ignoran las noticias relacionadas con el tema, que se niegan a mantener conversaciones y, en definitiva, que intentan convencerse de que no ocurre nada. Tanto los controladores como los que esconden la cabeza bajo el ala pueden acabar a la larga padeciendo ecoansiedad. “La hipervigilancia o la evitación son formas de protegerse ante una realidad que se percibe como difícil de afrontar”, advierte López.Según la especialista, la ecoansiedad aparece con frecuencia cuando existe una distancia insalvable entre lo que la persona sabe y lo que siente que puede hacer. “Se produce una tensión entre lucidez e impotencia: comprendemos la magnitud del problema, pero sentimos que nuestros recursos individuales son insuficientes”.Esa distancia puede aumentar en verano, por la sensación de calor, por el impacto de los incendios y por la falta de alternativas a la situación por parte de los gobernantes. “Una de las razones por las que la ansiedad sobre el futuro a menudo crece en las personas, tiene que ver los gobiernos, cuyas respuestas no existen o resultan poco satisfactorias teniendo en cuenta la gravedad de la situación”, asegura la profesora Monika dos Santos del Departamento de Psicología de la Universidad de Sudáfrica.Cómo mantener a raya la ecoansiedadUn hambre se refresca en una fuenteMIGUEL ANGEL MOLINA / EFELas altas temperaturas de este verano y los incendios que abrasan la península están teniendo un calado en la población. Los especialistas destacan la importancia de validar las emociones sin caer en el catastrofismo. Minimizar la preocupación genera incomprensión y soledad. Pero convencerse de que está todo perdido tampoco ayuda. “Necesitamos encontrar un espacio intermedio entre la negación y la desesperanza”, incide López.Es necesaria una regulación informativa: saber qué está ocurriendo, sobre todo en una alerta por calor o por incendios, pero no consultar compulsivamente los titulares pues, en la mayoría de los casos, lo único que logramos es mantener el organismo en un estado de activación continua. Se recomienda escoger uno o dos momentos al día para informarse mediante fuentes fiables, evitando hacerlo justo antes de dormir. “La información debería ayudarnos a tomar decisiones, no ocupar permanentemente nuestra atención”, advierte López.La recomendación básica de hidratarse, evitar la exposición en las horas de máximo calor, adaptar la actividad física a las condiciones ambientales y tomar medidas para favorecer el descanso tiene más vigencia que nunca. “Estas medidas pueden parecer básicas, pero son psicológicamente importantes. Cuando el cuerpo está agotado, sobrecalentado o privado de sueño, nuestra capacidad para regular las emociones disminuye”, revela López.Actuar ante el problema, aunque sea a pequeña escala, procura un efecto balsámico para algunos. “Se ha visto que algunas personas que tienen ecoansiedad pueden, mediante su participación en acciones colectivas en su comunidad, amortiguar los efectos negativos de una ecoansiedad crónica”, señala Pastor-Valero. Los proyectos comunitarios rompen el aislamiento y aumentan la sensación de capacidad de respuesta, además de tejer una red de apoyo. “La acción tampoco debe convertirse en una obligación permanente”, matiza López. “Cuando el activismo nace exclusivamente del miedo y de la autoexigencia, suele conducir al desgaste. Cuidar el planeta y cuidarse a uno mismo no deberían plantearse como objetivos opuestos.”Por último, los especialistas coinciden en que hay que darle espacio a la tristeza en vez de empeñarnos en eliminarla antes de escucharla y transformarla. “Estamos perdiendo paisajes, especies, formas de habitar y cierta sensación de continuidad. Algunas personas experimentan un verdadero duelo ecológico y esas emociones no se pueden negar”.