Asfalto en el que podrías freír un huevo, pisos calientes como hornos, facturas terroríficas de aire acondicionado, noches demasiado tórridas que impiden disfrutar de “la fresca” y récords en el mercurio. Ya no hablamos del “calor de toda la vida”: las personas mayores de 60 están viviendo los veranos más abrasadores que recuerdan. Y es que, aunque se hable más de los riesgos físicos, las temperaturas disparadas por encima de la media tienen un impacto directo que suele pasar inadvertido: los estragos en la salud mental.Según los registros de la Agencia Estatal de Meteorología (AEMET), las olas de calor en España se han multiplicado por dos en el siglo XXI. Son cada vez más frecuentes, más largas y empiezan antes, una evolución atribuida al cambio climático antropogénico, que propicia que estos episodios sean mucho más probables e intensos. Hoy en día, una persona vive entre diez y doce días más de calor extremo al año que en los años 80, a la par que crece la superficie afectada del país, ya que las olas de calor ganan extensión progresivamente, a razón de 2,7 provincias por década. Entre 2000 y 2024 hubo 474 jornadas de calor extremo, más del doble de las registradas entre 1975 y 1999.Verano eterno, cuerpos agotados“Un dato muy claro es que los años más cálidos se están acumulando en muy poco tiempo; en España, la última década ha concentrado algunos de los años y veranos más cálidos desde que hay registros”, apunta Mar Gómez, doctora en Física, meteoróloga y divulgadora científica. Ella confirma lo que la percepción corporal anuncia: el verano se estira, ocupando el espacio de otras estaciones. “Mayo, junio, septiembre e incluso octubre están teniendo episodios de calor que antes eran mucho menos frecuentes”, asevera, haciendo hincapié en que España —y el Mediterráneo en general— son especialmente vulnerables porque están en una zona de transición climática muy sensible, que calienta más rápido que la media global.“Además, tenemos una gran exposición a sequías, olas de calor, incendios forestales, desertificación, estrés hídrico y episodios extremos de lluvia. Y hay otro factor clave: nuestra forma de ocupar el territorio. Tenemos mucha población concentrada en ciudades, costas muy urbanizadas, una agricultura muy dependiente del agua y zonas interiores donde el calor extremo ya está siendo un problema de salud pública”, expone. Por lo tnato, no se trata de una temperatura alta un día aislado, sino de una situación persistente que impide que el cuerpo se recupere, lo que también tiene un reflejo en el estado anímico y mental.Y no hay que olvidarse del océano. “El Mediterráneo y el Atlántico cercano han registrado anomalías térmicas muy llamativas en los últimos años. Un mar más cálido no solo afecta a los ecosistemas marinos; también puede aportar más humedad y energía a la atmósfera, intensificar noches tropicales y alimentar episodios de lluvias torrenciales cuando se dan las condiciones adecuadas”, apostilla. La España de quienes nacieron hace varias décadas ya no existe.La experta aborda en su obra Meteorosensibles cómo el tiempo influye en nuestra salud física y mental. “Las personas mayores son uno de los grupos más vulnerables porque con la edad disminuye la capacidad del cuerpo para regular la temperatura. Sudamos peor, sentimos menos la sed, puede haber enfermedades cardiovasculares o respiratorias previas y, además, muchos medicamentos alteran la respuesta del organismo al calor”, explica Gómez. Con el calor extremo hay más peligro de mareos, caídas, golpes de calor y empeoramiento de enfermedades crónicas. Es difícil dormir y, cuando el cuerpo no descansa, los mayores se recuperan peor y acusan fatiga, irritabilidad o confusión.Con la edad disminuye la capacidad del cuerpo para regular la temperatura, sudamos peor, sentimos menos la sed y algunos medicamentos alteran la respuesta del organismo al calorMar GómezDoctora en Física, meteoróloga y divulgadora científicaPara salvar vidas, la meteoróloga recomienda revisar la medicación y sus efectos, bajar las persianas durante el día, ventilar cuando refresque, emplear ropa ligera, beber agua aunque no se tenga sed y no salir en las horas centrales, así como tampoco hacer esfuerzos con calor intenso.El psicólogo clínico Javier Barreiro radiografía el fenómeno, explicando que muchos mayores experimentan una sensación de pérdida de control ante estos fenómenos ambientales cada vez más frecuentes e intensos. “Además, el calor extremo limita las actividades de la vida diaria que son importantes para su bienestar emocional, como pasear, salir y relacionarse con otras personas o participar en ciertas actividades comunitarias”, señala. A esto se suma que han vivido durante décadas en circunstancias climáticas más estables, por lo que perciben los cambios actuales como una alteración muy importante de su forma de vida. “Esta percepción puede generar preocupación, incertidumbre e incluso sensación de vulnerabilidad”.Las olas de calor afectan de una forma más pronunciada a las personas mayores.UnsplashDe hecho, en la literatura científica cada vez está más presente el término “estrés climático”. Según la American Psychological Association (APA), el incremento de las temperaturas, los incendios forestales o las inundaciones pueden derivar en síntomas de ansiedad, depresión, trastornos del sueño o estrés postraumático. También hay estudios que asocian los fenómenos extremos con más consultas por trastornos mentales, hospitalizaciones psiquiátricas o intentos de suicidio. Un metaanálisis del equipo del Clínic Barcelona-IDIBAPS vincula las temperaturas cada vez más altas con un incremento de un 5% en los casos de suicidio, que podría escalar al 7% en 2050.El calor como estresorEn el caso de quienes ya tienen un problema de salud mental previo, las altas temperaturas actúan como un disparador o estresor. Uno de los cuadros más sensibles al calor es la ansiedad. “El aumento de la frecuencia cardíaca, la sensación de ahogo, la sudoración excesiva o el malestar físico pueden interpretarse de forma catastrófica en personas vulnerables, favoreciendo crisis de ansiedad o ataques de pánico”, apunta el psicólogo clínico.También se observa un empeoramiento de síntomas depresivos en la gente mayor. El agotamiento físico, la reducción de actividades placenteras o el aislamiento social aumentan el sentimiento de tristeza, apatía o desesperanza. Para quienes padecen agorafobia o ansiedad relacionada con la salud, las olas de calor pueden incrementar la evitación de espacios públicos o de viajar, o moverse fuera de sus casas por miedo a sufrir un golpe de calor, mareos o malestar físico. En el plano emocional, el calor hace aflorar emociones de irritabilidad, frustración, agotamiento emocional, preocupación, miedo y sensación de indefensión.La soledad no deseada también se agrava porque los mayores tienden a permanecer más tiempo en casa y a reducir los contactos sociales. Javier Barreiro tiene algunas recetas para combatirla: mantener rutinas estables —dentro de las limitaciones—, favorecer contactos sociales frecuentes —presenciales o telefónicos—, limitar la sobreexposición a noticias “alarmistas” relacionadas con fenómenos climáticos extremos, y realizar actividades gratificantes. Cuidar de un huerto, jugar a las cartas, leer una novela, charlar con vecinas o llamar a los nietos. “Desde el punto de vista psicológico, recuperar la percepción de capacidad personal en general suele ser uno de los factores más protectores frente al malestar”.Mar Gómez también subraya que el acompañamiento es esencial, ya que el aislamiento es un factor de riesgo enorme. “Durante una ola de calor hay que llamar, visitar o estar pendientes de las personas de edad más avanzada que viven solas”. El sueño merece un apartado especial. “Los efectos psicólogicos de no dormir por el calor son especialmente intensos en la gente mayor, ya que la falta de descanso reduce la capacidad de regulación emocional, aumenta los síntomas de ansiedad y depresión y empeora los problemas cognitivos preexistentes, favoreciendo la sensación de desorientación”. Literalmente, un buen descanso es un bálsamo reparador.La sensación de ahogo, la sudoración excesiva o el malestar físico pueden interpretarse de forma catastrófica en personas vulnerablesJavier BarreiroPsicólogo clínicoAunque la llamada “ecoansiedad” esté vinculada al miedo al futuro y se ligue más a los jóvenes, Barreiro destaca que en los mayores la preocupación está más centrada en sus hijos y nietos. “Tienen sentimientos de preocupación persistente, impotencia o tristeza ante los cambios ambientales que observan, también un duelo por el cambio en los paisajes de su entorno o en sus costumbres de toda la vida”, revela.Uno de sus pacientes, con más de 70 años, siente pánico cada verano cuando empiezan las alertas de calor: más allá de su salud, piensa en cómo será la vida de sus nietos al crecer. “No sé si me preocupa tanto el calor de hoy como el mundo que les estamos dejando”, relata. Más allá del sudor de la camiseta o de las noches pegajosas, la seguridad, la interpretación del mundo y la esperanza se tambalean.Estas fueron las anomalías de la temperatura en el verano de 2025.AEMETÁrboles, casas frescas y ciudades habitablesSi no se toman medidas, a mediados de siglo nos espera una España más cálida, con noches tropicales y torridas, mayor estrés hídrico y riesgo de incendios, pérdida de confort térmico en ciudades, impactos sobre la agricultura y presión sobre los ecosistemas. Ante el catastrofismo, Mar Gómez recuerda que el clima futuro dependerá mucho de lo que hagamos ahora. Y menciona dos palabras: adaptación y mitigación. “No todos los escenarios son iguales; reducir emisiones y adaptarnos puede marcar una diferencia enorme”.Hay que empezar por cambiar el entorno. Una de las claves es readaptar las ciudades, diseñadas para unas condiciones que ya no existen. “Tenemos demasiado asfalto, poca sombra, poca vegetación, muchas superficies que acumulan calor y edificios que no siempre están preparados para mantener una temperatura saludable en verano”. En este aspecto, los árboles funcionan como aire acondicionado natural y reducen la necesidad de refrigeración artificial. Según la ONU, un árbol maduro puede liberar hasta 380 litros de agua al día y enfriar el aire entre 2 °C y 8 °C.Lee tambiénLa vegetación también es un bálsamo para la salud mental: la regla 3-30-300, modelo propuesto por el silvicultor urbano Cecil Konijnendijk, propone que todas las casas estén a menos de 300 metros de un espacio verde, que desde cada vivienda puedan verse al menos tres árboles y que todos los barrios tengan un 30% de cobertura arbórea. La misma regla debería aplicarse a centros de salud o residencias de ancianos. La evidencia relaciona esta propuesta con niveles más bajos de estrés y una reducción del efecto isla de calor urbana: de noche, las ciudades liberan todo el calor acumulado durante el día, y eso impide que el cuerpo descanse.Las propias viviendas son otro espacio a transformar. “Hay casas mal aisladas, con mala ventilación, sin protección solar y con mucha dependencia del aire acondicionado. Pero este no puede ser la única solución, porque consume energía y no todo el mundo puede permitírselo”, recuerda Gómez. La experta reivindica rehabilitación energética, sombra, arbolado, cubiertas verdes, materiales que reflejen más radiación, refugios climáticos, fuentes, espacios públicos adaptados y una planificación urbana pensada para el calor que viene. “En una sociedad cada vez más envejecida, adaptar viviendas, ciudades y sistemas sanitarios al calor extremo es una prioridad”, remata.