Ya no hablamos de récords aislados, sino de tendencia. Según el servicio europeo Copernicus, en 2025 el 95% del territorio continental europeo registró temperaturas por encima de la media, y los tres años más cálidos jamás medidos son todos posteriores a 2019. Europa es, además, el continente que más rápido se calienta. Este verano, la Organización Mundial de la Salud estimaba en unos 1.300 los fallecimientos atribuibles al calor en apenas una semana de finales de junio. Son muertes silenciosas, que golpean más a los más frágiles, y que apenas dejan imágenes. Todos los escenarios científicos coinciden en que lo que hoy llamamos ola de calor será, dentro de dos décadas, un verano normal. Lo excepcional se está volviendo estructural.
Y lo estructural tiene geografía. Las ciudades ocupan una fracción mínima del territorio, pero concentran a la inmensa mayoría de la población. En España, alrededor del 80%. Es ahí donde el calor se amplifica y se reparte de forma desigual. El asfalto y el hormigón acumulan calor durante el día y lo devuelven por la noche, generando el efecto de isla de calor, que puede añadir hasta diez grados a la temperatura del entorno e impedir el descanso nocturno, que es cuando el calor mata. Y dentro de cada ciudad, la desigualdad se mide en grados. Hace dos veranos, las cámaras termográficas de Greenpeace registraron en Madrid más de 54 grados de temperatura superficial en la Puerta del Sol, remodelada sin un solo árbol, y cerca de 27 bajo el arbolado del Paseo del Prado, a unos centenares de metros. Esa diferencia no es explicable solo por la variable meteorológica, hay que incorporar las decisiones que cada ayuntamiento toma en sus políticas urbanísticas. A escala urbana, la temperatura es una variable política.








