Otra historiaLa orgullosa 'Global Britain', divorciada de Europa hace 10 a�os, descubre ahora que el mercado est� regular y que EEUU es un amante desde�oso. Nada tan deseable como aquello que se pierdeAgentes estadounidenses incautan barriles de alcohol en Newark, en el a�o 1931.APActualizado Jueves,
junio
23:49Audio generado con IAEl Brexit recuerda cada d�a m�s a la vieja Ley Seca estadounidense. Otro de los experimentos m�s c�lebres y fallidos de la historia. Otro �rdago jur�dico pregonado como b�lsamo m�gico contra los males de su siglo, el XX, promovido por buhoneros pol�ticos que proclamaban una nueva era de prosperidad, seguridad y control.La Ley Seca naci� en 1920 envuelta en un c�lido arrullo de promesas. Sus defensores aseguraban que rebajar�a la delincuencia, mejorar�a la salud p�blica, fortalecer�a la familia, aumentar�a la productividad y elevar�a la moral de la naci�n. Cada cual proyectaba en ella su propia expectativa. Para unos era una cruzada moral. Para otros, una reforma econ�mica. Para muchos, una manera de recuperar el control sobre una sociedad en desmelenado progreso.Con el Brexit pas� un poco lo mismo. Hay quien fue a la urna con una papeleta contra los inmigrantes. Algunos le achacaron superpoderes econ�micos. Otros lo apoyaron por trasnochada nostalgia imperial. Y tantos por castigar a una clase pol�tica que despreciaban. Pero bajo la bandera del No a Europa conviv�an proyectos incompatibles entre s� del mismo modo que la Ley Seca cobijaba desde predicadores religiosos a reformistas sociales o nacionalistas culturales. En ambos casos se margin� a quienes advert�an de sus costes: tecn�cratas a los que no les sal�an las cuentas de la salida de la UE; economistas y crimin�logos que cuestionaban la eficacia de prohibir el alcohol.La realidad acab� ech�ndole el freno a ambas apuestas separadas por cien a�os. La Ley Seca no convirti� a EEUU en el pa�s virtuoso de la propaganda. De hecho tuvo un efecto bumer�n, aumentando el prestigio de los delincuentes y el atractivo del producto que pretend�a erradicar. Si antes de 1920, beber una copa era costumbre, despu�s se convirti� en acto de rebeld�a. La declaraci�n de guerra del Gobierno estadounidense al whisky acab�, pues, regal�ndole una rentable campa�a de marketing: los g�nsteres se convirtieron en celebrities, los bares clandestinos florecieron y millones de ciudadanos respetables descubrieron de repente una fogosa pasi�n por bebidas en las que apenas hab�an reparado cuando eran legales. Una vez m�s se cumpli� la vieja regla: si quieres que algo cotice alto, hazlo inaccesible.Algo que quiz� empiece a pasar con los brit�nicos a los 10 a�os de su divorcio con Europa. Una d�cada en la que el pa�s ha visto al sexto premier, Keir Starmer, entonar el canto del cisne en el atril de Downing Street mientras la orgullosa Global Britain descubre que el mercado est� regular y que Estados Unidos se ha convertido en un amante desde�oso. Nada tan deseable como aquello que se pierde.












