Hay un lugar en Inglaterra donde sigue siendo 1974. Se trata de Oslo Court, que es a la vez restaurante y experiencia inmersiva: uno cree estar en este mundo y, tras cruzar la puerta, resulta que ha entrado —todo rosas, azules y mullidos— en un capítulo de Vacaciones en el mar. La misma carta parece responder a la intuición de que el mejor plato es el que puede flambearse, y uno imagina que, cuando el cóctel de gambas entró en el menú, hubo debate: ¿no estaremos pecando de modernos? Ojo: que nadie se imagine que es un lugar de lores y vizcondes. Es más el tipo de sitio donde la abuela invita a comer, alguien celebra su 56 cumpleaños con amigos o unos novios jóvenes se permiten soñar que llevan juntos toda la vida. Oslo Court también se ha convertido en una capilla a la que las gentes de Londres acuden para hacer sus ejercicios espirituales de nostalgia culinaria y, conforme corre la salsa Worcester, ir evocando un país donde se bebía té y no specialty coffee, Harrod’s no era para millonarios del Golfo y el sistema métrico decimal recibía el tratamiento de una especie invasora. En buena parte, sí, es una nostalgia de lo no vivido, pero en la nostalgia siempre ha importado más el zarpazo del anhelo que la verdad de lo anhelado. No es esta la única paradoja que la nostalgia regatea, ni la única contradicción que cabalga. Tómese Oslo Court. Es un alcázar de la britanidad, y a la vez su nombre viene de unos soldados noruegos, su camarero más célebre —votado el mejor de Reino Unido— es de Egipto, su cocina blasona raíz francesa y el propio restaurante lo lleva, desde hace décadas, una familia gallega con la perfección que solemos atribuir a los suizos. A quienes vienen aquí en busca de una pureza perdida tal vez se les escape la ironía de que la britanidad reside precisamente en esa mezcla. (Y, para ser justos, en la contención de las expansiones mediterráneas del recetario. Una célebre comedia se titulaba “Sexo no, por favor, somos británicos”. Lo que valía para el sexo sigue valiendo para el ajo).