Quien visite o viva en un pueblo turístico entenderá mejor la rara felicidad que produce encontrarse, sin esperarlo, en un bar ajeno a agosto, ajeno al turismo, ajeno a los vaivenes de este siglo. Un bar tan detenido en el pasado como puede estarlo una monarquía, entre el estupor y la fascinación. Uno de esos bares que, por razones delicadas e intraducibles, han conseguido mantener un aire a años 80 que hace parecer el fútbol, o más bien la liga española, la religión que era antes, aquel credo ahora demolido por estamentos federativos y arbitrales, moviéndose siempre entre la perezosa corrupción y la incompetencia absurda.

Así, en Sanxenxo, mientras a 150 metros estaban los bares de moda llenándose ya al atardecer y los restaurantes recibían sus reservas, en un bar de toda la vida había dos viejos mirando el Villarreal-Oviedo, cada uno en su mesa, uno con un vino delante y otro con un copazo, y un tercer hombre tomando whisky en la barra. No se pagaba con tarjeta. Los comentarios asesinos volaban de un lado a otro. La cámara no podía detenerse en un primer plano sin que ese futbolista fuese convenientemente asaetado por razones físicas o futbolísticas, a veces hasta misteriosas. Recordé cuando hace años un señor se levantó a gritos en ‘La Cueva de Javi’, en Pontevedra, al descolgarse Arbeloa en el área e intentar una rosca a la escuadra que se fue a la grada: “Arbeloa, qué carallo haces, que tú no te llamas bien”.