Si alguien quiere hacer una acrobacia espaciotemporal sin salir de Madrid solo tiene que atravesar el umbral del número 6 de la calle de Alfonso XII donde desde 1943 habita un restaurante llamado Horcher. Eso sí, en caso de ser comensal masculino, tendrá que hacerlo con chaqueta y llevarla puesta durante toda la velada. Si se la quitara y la colocara con cuidado en el respaldar de la silla, el maître vendría de inmediato a recordarle, amable pero firme, el estricto código de vestimenta. La corbata, en cambio, ha salido de la ecuación por deseo expreso de Gustav Horcher (Berlín, 84 años), tercera generación de la familia. Curiosamente la cuarta, representada por su hija Elisabeth (Madrid, 44 años) y hoy a cargo del negocio, hubiera preferido mantener su uso obligatorio.
Si alguien se dejara llevar por la jerga al uso diría que cenar en Horcher es una experiencia, pero esa palabra disgusta a Elisabeth. “Es un término agotado por los estrellas Michelin”, dice, refiriéndose a un universo que no interesa demasiado a la heredera, aunque alguna vez Horcher tuvo dos estrellas. En cualquier caso, algo se trastoca aquí entre los densos cortinajes diseñados en su día por Gutiérrez Manchón, la mantelería de lino blanco, la porcelana de Sajonia y el cojín de terciopelo granate que se coloca para el descanso de los pies de las señoras. En el libro Los Horcher (La Esfera de los Libros) se cuenta que el modista Cristóbal Balenciaga, hombre comedido y obligado a la discreción por su clientela, también se trastocó al menos una vez cuando, desde su mesa habitual y como poseído por una fuerza superior, acabó comentando el supuesto romance entre Hitler y la actriz Imperio Argentina.






