A pocos minutos de que empiece el servicio de mediodía, la cocina de L’Antiquari Gastronòmic funciona como una maquinaria perfectamente engrasada. El chef Yordi Martínez —con más de 16 años de experiencia en restaurantes como Orvay, La Dolce Vitae o el catering de Nando Jubany— termina de preparar la mise en place mientras su equipo calienta salsas, ordena platos y atempera postres. Lara Cerlini, sumiller y jefa de sala, coloca...

copas, platos y cubiertos sobre las mesas de madera rústica; se habla poco, y todo el mundo sabe lo que hace. Entre unos y otros está a punto de desfilar un menú degustación cerrado —a un precio de 70 euros— en el que no hay que elegir nada: 15 pases sin nombre, solo con pistas como “Gamba / Kimchee / Texturas / Cítricos” o “Espárragos / Anguila / Crujiente”. Títulos breves tras los que suele haber preparaciones largas y elaboradas que encierran guiños, recuerdos o juegos entre sabores y estructuras. “Buscamos que la gente se lo pase bien, que estén dos horas sin pensar en nada, solo en dejarse llevar”, dice Martínez. Los ingredientes cambian mensualmente según lo que ofrezcan la huerta, el mar o el bosque: un viaje en el que la memoria se mezcla con la técnica y el guiso de toda la vida con la chispa contemporánea. “Me gusta jugar con las emociones. Eso es lo divertido de la cocina”, reflexiona el chef. Sin duda, lo consigue.