Durante este último año, he asistido impertérrito a la transformación del chat de mi comunidad de vecinos, en un foro que podría sustituir a la Asamblea de la ONU. Antes mirabas las notificaciones de whatsapp y encontrabas lo habitual: alguien preguntando por un paquete perdido, otro advirtiendo que la puerta no cerraba bien o un indignado porque el ascensor no funcionaba. Ahora parece un congreso internacional de expertos en todo. Hace meses alguien preguntó si otro vecino podía tener la ropa tendida en el balcón, una consulta sencilla que en circunstancias normales habría generado dos respuestas y tres bostezos. Pues bien, en menos de media hora había cerca de una decena de vecinos citando artículos de la Ley de Propiedad Horizontal e interpretando más jurisprudencia que en la última reunión del Consejo General del Poder Judicial para expedientar al juez Peinado. Lo mejor es que la inteligencia artificial no ha eliminado las discusiones, las ha multiplicado, porque antes para opinar al menos había que inventarse algo. Ahora basta con escribir una pregunta y copiar la respuesta, es la era del corta y pega ilustrado. Personas que hace una semana ignoraban la existencia de la Ley de Propiedad Horizontal hoy discuten sobre coeficientes de participación como si llevaran treinta años dictando sentencias en el Supremo. La inteligencia artificial ha eliminado una de las últimas barreras que impedían a la gente opinar sobre todo: disimular la propia ignorancia. Estos días, con el calor, ha llegado el turno de la piscina. Llevo años viviendo rodeado de personas que se limitaban a bañarse y chapotear unos largos, y ahora resulta que comparto urbanización con un equipo de investigadores químicos. Da igual que el agua estuviera transparente, un vecino analizó el pH con el medidor que se había comprado en Amazon, y aseguró que el agua presentaba una ligera desviación respecto a los parámetros recomendados por la Organización Mundial de la Salud, la NASA o la Academia Sueca de las Artes, ya no recuerdo cuál. La conversación derivó en mil instrucciones distintas a Felipe, el conserje, para ir solucionando los sucesivos problemas que fueron apareciendo desde que empezaron a confiar más en el algoritmo que en una experiencia de más de quince años sin un solo incidente reseñable. Ahora el agua va adoptando distintas tonalidades conforme cambian los consejos digitales, y a mí se me acumulan las notificaciones del móvil, sin darme tiempo a leerlas. Con el césped sucede exactamente lo mismo: pensaba que el césped se regaba cuando estaba seco, pero ahora hay que considerar la temperatura, la humedad, la orientación solar, y seguramente el próximo eclipse. Lo sé porque cada semana alguien copia un informe elaborado por inteligencia artificial explicando por qué deberíamos regar más, mientras otro pega otro informe explicando exactamente lo contrario. Y así estamos todos, observando cómo dos robots discuten entre ellos a través de sus respectivos usuarios. La tecnología prometía acercarnos al conocimiento, pero lo que ha conseguido es algo mucho más español: que cualquiera pueda sentirse catedrático después de dedicar veinte segundos a una búsqueda en internet. Después de leer cientos de mensajes en el chat de vecinos, he llegado a una conclusión inquietante: la inteligencia artificial no necesita dominar el mundo, le basta con presentarse a presidente de la comunidad.