Los lectores y las lectoras escriben sobre el uso de la inteligencia artificial, las declaraciones de Ayuso sobre el aborto y el acoso escolar

Me siento bombardeado por la inteligencia artificial (IA). Desde el primer momento, se ha adoptado el discurso de que se trata de una revolución tecnológica. Sin embargo, cada día que pasa, tras cada actualización de mi ordenador o de cualquier dispositivo, veo nuevas funciones a las que solo les encuentro una utilidad: ser un poco más tonto. No me refiero a las grandes aplicaciones científicas, sino...

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a las constantes “mejoras” cotidianas. El corrector predictivo anula mi habilidad para la ortografía. El asistente me sugiere la respuesta perfecta en un correo. El algoritmo decide qué debo ver o leer, eliminando el esfuerzo de la búsqueda y la sorpresa del descubrimiento. La IA nos está quitando el entrenamiento mental diario. Y lo más desalentador es la imposibilidad de huir. Está integrada en cada sistema operativo, en cada aplicación y en cada nuevo producto que sale al mercado. Nos están forzando a delegar nuestro juicio a un sistema que no hemos pedido. La verdadera revolución no es tecnológica, sino sociológica: nos están entrenando para ser dependientes, convirtiendo la comodidad en una debilidad. El verdadero reto no es convivir con la IA, sino evitar que nos convierta, poco a poco, en sus usuarios menos pensantes.