Tal vez la IA sea nuestra invención más humana: la concebimos a nuestra imagen y semejanza

“Yo sé por lo pronto que no conseguiría respetar a un autor que utilizara los recursos de la inteligencia artificial en sus obras de imaginación”, escribió Juan Gabriel Vásquez en EL PAÍS hace unos días. Y ofreció sus razones: “La inteligencia artificial aprende a pasos agigantados, cierto, pero aprende siempre sobre la base de lo que ya existe; a menos que mucho me equivoque, ignora el accidente y el azar, que son rasgos de lo humano”. Casi al mismo tiempo, Sa...

mantha Schweblin declaró en estas mismas páginas: “La mejor ficción pega un salto hacia afuera, descubre algo nuevo, supera al autor. La inteligencia artificial puede ser más brillante, más rápida, estar mejor informada que nosotros, pero no es una inteligencia: es un lenguaje de predicciones. No hay manera de que dé un salto hacia afuera”. Y concluyó: “Dicho de otro modo: tiene todas las posibilidades para producir mala literatura”.

Dos de los más notables escritores de nuestro tiempo —amigos cuya obra admiro sin reservas— parecerían coincidir, así, con el filósofo francés Éric Sadin, quien, en una entrevista también publicada en EL PAÍS, de plano aseguró que “la IA apesta a muerte”. Sin duda, desde que OpenAI lanzó ChatGPT el 30 de noviembre de 2022, las amenazas de la inteligencia artificial generativa no han hecho sino multiplicarse: sus perniciosos efectos sociales, económicos o políticos —con un sinfín de empleos en entredicho o su uso en los bombardeos en Gaza o Irán—, así como ecológicos y de salud mental —millones de jóvenes hoy la usan para gestionar sus emociones—, por no hablar de su cuestionamiento de la autoría o la propiedad intelectual, resultan insoslayables.