La IA debe someterse a los principios de la ética elemental: beneficiar, no dañar
El rótulo “inteligencia artificial” (IA), creado por John McCarthy al hilo de la célebre conferencia de Darmouth sobre máquinas pensantes, cumple 70 años en 2026. Ya es septuagenario. En este tiempo ha atraído la atención de la opinión pública diariamente a través de congresos, publicaciones, encuentros y noticias impactantes. Entre otras cosas, porque ya ponen buen cuidado las grandes empresas tecnológicas en mantener el fuego sagrado del interés por la IA anunciando innovaciones asombrosas para atraer al público en este tiempo nuestro de economía de la atención.
Ya desde el nacimiento de la IA se perfilaron al menos tres actitudes frente a ella: según los catastrofistas, la invención de la IA es lo peor que le ha pasado a la humanidad; los entusiastas llegaron a prometer para pasado mañana un paraíso sin muerte, enfermedad ni siquiera envejecimiento; el sueño de la inmortalidad y la eterna juventud; los prudentes, por su parte, reclamaron el marco de una ética local y global capaz de maximizar las ventajas de la IA para todos los seres humanos y para la naturaleza. ¿Cómo situarse ante estas alternativas?






