La expansión de la IA en las aulas empuja a replantear la evaluación y transforma la manera de enseñar, aprender y acompañar a los estudiantes

La escuela ha entrado en la era de la IA sin un manual de instrucciones. En apenas dos cursos, las herramientas de inteligencia artificial generativa como ChatGPT o Gemini han pasado de ser una curiosidad a formar parte de la rutina cotidiana de docentes y alumnos, y la discusión ya no es si se usarán, sino más bien cómo. Ese debate, además, ha dejado de limitarse a las aulas de Primaria o Secundaria: también las universidades han empezado a integrar estas tecnologías en sus procesos de enseñanza, aprendizaje y evaluación, aunque lo hacen todavía en un escenario de transición, con más preguntas que certezas.

El marco regulatorio europeo empieza a tomar forma. La Ley de Inteligencia Artificial de la UE considera de “alto riesgo” los sistemas que deciden el acceso a centros, evalúan aprendizajes o supervisan exámenes, lo que obliga a extremar las garantías. Mientras, organismos como la Unesco vienen repitiendo una advertencia que ya se ha vuelto habitual en este debate: la tecnología no debería entrar en el aula por inercia, sino solo cuando aporta algo real al aprendizaje y con reglas claras para quienes la usan.