La escuela ha entrado en la era de la IA sin un manual de instrucciones. En apenas dos cursos, las herramientas de inteligencia artificial generativa como ChatGPT o Gemini han pasado de ser una curiosidad a formar parte de la rutina cotidiana de docentes y alumnos, y la discusión ya no es si se usarán, sino más bien cómo. El marco regulatorio europeo, en proceso de implementación, empieza a fijar límites —la Ley de Inteligencia Artificial de la UE clasifica como de “alto riesgo” los sistemas de IA que deciden el acceso a centros, evalúan aprendizajes o vigilan exámenes—, mientras que organismos como la Unesco insisten en que la tecnología debe usarse solo cuando mejora los resultados de aprendizaje y con salvaguardas claras para unos y otros.

En España, el Ministerio de Educación ha actualizado el marco de referencia de la competencia digital docente y ha publicado una guía específica para el uso de IA generativa en el aula que pone el foco en la formación del profesorado, la transparencia y la protección de datos. A la vez, el Congreso tramita una ley para la protección de los menores en entornos digitales que, entre otras medidas, faculta a los centros para regular el uso de móviles y refuerza la educación en hábitos saludables de pantalla. No es solo un debate técnico: es de salud pública, equidad y calidad educativa.