La capacidad de desarrollar máquinas capaces de debatir argumentos o componer canciones es un cambio tecnológico cuya evolución futura es difícil de calibrar hoy por hoy. Aunque los científicos llevan décadas trabajando en el aprendizaje automático, el lanzamiento de ChatGPT a finales de 2022 fue el pistoletazo de salida para una carrera por desarrollar modelos más avanzados, en la que la fiebre inversora, el gasto masivo en centros de datos y las mejoras tecnológicas se alimentan entre sí.
La IA ha cambiado las reglas de la inversión, y el mejor ejemplo llegó la semana pasada. Oracle, el gigante del software especializado en bases de datos aumentó su valor de mercado en 240.000 millones de euros en cuestión de minutos después de anunciar contratos para computación en la nube ligados a la IA que reportarán 400.000 millones de euros. De repente, y pillando a contrapié a las decenas de analistas que siguen la empresa (que se apresuraron a recalcular sus previsiones), la empresa se coló en la carrera por la IA, su valoración quedó a un paso del billón de dólares y Larry Ellison pasó a ser el hombre más rico del mundo.
En el epicentro del terremoto está otra empresa estadounidense, Nvidia, suministradora de la infraestructura clave, los chips diseñados para el tipo de computación que exige el entrenamiento de modelos de IA. Fue la primera empresa de la historia en valer tres billones dólares, y también la primera en valer cuatro, cuando en septiembre de 2022 estaba en 300.000 millones. Al igual que representa la euforia por la IA, Nvidia representa también el riesgo de burbuja, pues rara es la revolución tecnológica —desde el ferrocarril a internet— que no viene acompañada de una fiebre financiera. Pero de momento el idilio de los inversores con la empresa y, por extensión, con la tecnología, parece a prueba de desengaños.








