“Parece hecho por ChatGPT” es ya una expresión coloquial. Transmite cutrez, pereza mental y falta de chispa; no superinteligencia, a pesar de las promesas de OpenAI en el lanzamiento de su versión GPT5. Camino de los tres años desde la irrupción de esta herramienta en nuestras vidas, no llegan las revoluciones prometidas por los multimillonarios intereses comerciales detrás de la inteligencia artificial (IA). Ni tampoco los apocalipsis profetizados de manera interesada.
Son programas capaces de cosas impensables hace un lustro, pero cuyos resultados en innumerables ámbitos no alcanzan las expectativas ni de lejos, aunque se hayan integrado rápidamente en lo cotidiano. Se ha convertido en una tecnología que “ni fu, ni fa” (so-so technology), como la denomina el Nobel de Economía del año pasado Daron Acemoglu. Pero hay una percepción de que estos programas, y sobre todo sus excreciones, están inundándolo todo.
“La tecnología más poderosa que ha creado la humanidad”, garantizó Sam Altman, jefe de OpenAI, pero cuando nos asomamos a la red X nos encontramos con Grok, un chatbot que ensalza a Hitler. “Más importante que el fuego y la electricidad”, afirmó Sundar Pichai, líder de Google, mientras se encadenan los casos de personas empujadas al suicidio o las autolesiones tras conversar con IAs como si fueran novias de silicio y amigos sintéticos. “Vamos a dar a todo el mundo su propia superinteligencia personal”, aseguró Mark Zuckerberg, dueño de una red social, Facebook, totalmente inundada por imágenes grotescas de jesucristos hechos con gambas y niños con cuerpo de coliflor.







