Las caras de sus señorías en el hemiciclo eran este miércoles un poema. Por primera vez en mucho tiempo, no hubo profusión de esas risas histriónicas, que chirrían cuando se está tratando un asunto de extrema gravedad. Y es que la sesión se celebraba horas después de que siete magistrados del Tribunal Supremo, de todas las adscripciones, hubieran condenado al que fuera todopoderoso José Luis Ábalos a 24 años de cárcel por corrupción. No es una cadena perpetua, como aseguró su hijo, porque lógicamente tendrá un tope máximo y los beneficios que estipula la ley. Pero sí es la pena mayor impuesta a un parlamentario, la primera que afecta a un exministro cuando el que fuera su presidente, Pedro Sánchez, está en activo. Se celebraba también días después de que el expresidente José Luis Rodríguez Zapatero, investigado por graves delitos, hubiera defraudado las expectativas depositadas en su declaración ante el juez Calama. El magistrado concluyó que la comparecencia no había disipado los indicios de culpabilidad.Así, es una tarea titánica compaginar dos extremos irreconciliables: defender que existen rumores, bulos y actuaciones interesadas en los casos de corrupción que cercan al PSOE y, a la vez, asegurar que quién delinque debe pagar por ello y quedar fuera del partido. Así, la máquina del fango puede salpicar al que la invoca, porque la fuerza de la gravedad de los hechos es irrefutable. Así que Pedro Sánchez optó por acogerse al lema de la reina Isabel Inglaterra –‘never complain, never explain’- pero solo en la segunda parte; es decir nunca explicarse, pero siempre quejarse. Tras recibir una lluvia dialéctica de sus socios y aliados –el ‘menos caritas’, ‘menos milongas’ de Rufián; el ‘estamos hartas’ de la portavoz de Sumar; las exigencias de Bildu para que controle a los jueces, la petición de Junts para que haga como el británico Starmer y deje paso a otro presidente-, el presidente jugó al contraataque. Invocó abundantemente a Isabel Díaz Ayuso y la investigación a su pareja, Alberto González Amador y recordó nutridos y variados casos de corrupción del PP. Pero en su contra juega que entrar a una competición supone asumir la putrefacción propia y, además, hacerlo desde un Gobierno que llegó al poder con la bandera de la regeneración lo sitúa en inferioridad de condiciones."Una cultura civil muy degradada ha fomentado en España el ejercicio del poder sin responsabilidad". La frase es del escritor Antonio Muñoz Molina y tiene más de una década, por lo que no estaba pensando en la actual política española ni por supuesto en Pedro Sánchez. Pero le viene como anillo al dedo, y refleja que hemos avanzado muy poco en la rendición de cuentas y en la separación de lo que significa un ilícito penal y una conducta políticamente irresponsable. Lo ha recordado Eduardo Madina, que compitió con Sánchez para la secretaría general del PSOE. Ábalos no cayó del cielo, fue una opción libre. Madina perdió en el corto plazo político, pero habrá que ver si, a medio, voces como la suya son la esperanza de su partido. Por el momento, son despreciadas por el oficialismo socialista, con la del Felipe González a la cabeza, que propuso ayer el adelanto electoral como salida a una situación asfixiante.El desmemoriado portavoz Patxi López espetó desabridamente, en los pasillos del Congreso, "que lo hubiera hecho él", en referencia al expresidente socialista. Pero así sucedió exactamente. Felipe González, cercado por los escándalos, no concluyó la legislatura y adelantó unos meses las elecciones que se celebraron en 1996.Consultar los tan denostados ‘recortes de prensa’ sería bueno para refrescar la memoria y salir del "círculo cerrado de opiniones en el que no se permiten el descontento o la oposición". Justo la señal, en palabras del ensayista Tony Judt, de que algo va mal.