“No vamos a rendirnos”. Con esa frase cerró Pedro Sánchez una de las comparecencias más esperadas de los últimos meses. No era una intervención cualquiera. Llegaba después de semanas de acumulación de explicaciones pendientes, de una creciente presión judicial y de inquietud entre sus socios parlamentarios y una parte del electorado progresista.
El objetivo era claro: contener el desgaste y evitar que la situación derivara en una ruptura política irreversible. Para ello, Sánchez recurrió a un manual conocido. Un discurso de resistencia articulado en tres pilares: confrontar las acusaciones de corrupción con el historial del PP, reivindicar la gestión de su Gobierno y denunciar una campaña de acoso contra su entorno personal y familiar.













