La faena de El Cid al primer victorino tuvo la virtud de la paciencia, de no tener prisa, de hacerla poco a poco con la indudable clase de un toro que estaba por la labor. Y así las cosas, El Cid lo toreó a placer por momentos. Las primeras tandas no fueron completas, pero en cuanto le cogió el ritmo al toro, surgieron muletazos por ambos pitones largos, profundos y de una gran lentitud. Labor cocinada a fuego lento, sin agobios. Gran faena, pero ¡ay!, la espada, una vez más, frustró un triunfo legítimo. Supo a poco la ovación que la gente le dedicó al final. Igual no se enteraron de lo que había sucedido.Sin probaturas en la muleta, en el centro del ruedo, El Cid se llevó al cuarto en un alarde de conocimiento del toro y sus terrenos. Otro toro de nota alta, pero al que había que entender, al que había que educar para sacarle todo el partido posible. Y, de nuevo, lo entendió el torero de Salteras, experto en esta clase de asignaturas. Otra faena de regusto por ambas manos, entregada, la muleta bajo un hocico que dejaba su huella al arrastrarlo por la arena. Muy sometida la faena; muy entregado el toro. Una faena, además, medida en el tiempo, en su punto. Esta vez, la rúbrica no pudo ser mejor: una estocada, ejecutada a cámara lenta. Premio merecido. Una gran dimensión de un torero que parece de vuelta a la profesión.Al serio victorino que salió segundo le hizo Manzanares una seria faena. De considerable alzada, solo tuvo entrega cuando Manzanares le consintió. La faena, siempre en la media distancia, creció también a medida que transcurría. Fue discontinua por momentos, pero de una concentración máxima para que el toro no desarrollara problemas insalvables. El victorino se lo pensaba antes de embestir, pero Manzanares no lo dudó un instante. Tanto en el toreo en redondo como al natural, hubo pasajes bellos. La estocada, en todo lo alto y citando a recibir, ya era por sí sola de premio.En quinto de la tarde echó cuentas a su matador. Se entregó cuando se sintió dominado, pero nunca lo hizo a precio cero. Manzanares le aplicó temple en una faena basada sobre la mano derecha, de muletazos de largo trazo y con mando. Por el pitón izquierdo los naturales surgieron de uno en uno, salpicados en una sola tanda que, no obstante, tuvo importancia. Un comprometido Manzanares que esta vez, con la espada, no estuvo acertado.Matalunas, número 69, fue el tercero de la tarde: un gran toro. Cumplidor con el caballo, le chorreó la clase por los cuatro puntos cardinales. Escribano lo banderilleó sin gran espectáculo, pero clavando arriba. El toro se templaba solo, con enorme fijeza, con el hocico haciendo surcos por la arena y entregado a una causa que Escribano no terminó de entender. Faena muy paseada, de sonrisas cara al tendido, de buenos momentos, sobre todo en el toreo por el pitón izquierdo, pero con la impresión de que algo faltaba para que tan enorme toro tuviera una respuesta acorde. No estuvo mal Escribano; estuvo bien, pero debió estar muy bien. La faena se pasó de rosca y los pinchazos dieron paso a dos avisos que deslucieron el final. Al toro, por el que hubo una leve petición de indulto, le dieron la vuelta al ruedo en el arrastre.El toro más descarado de pitones fue el que cerró la corrida: muy serio por delante, largo, con alzada. Escribano lo recibió a porta gayola, con una limpia larga cambiada. Otra vez en banderillas mostró su poderío, en un tercio sobrio y rotundo. Sin ser la clásica alimaña de la camada, este sexto no fue de igual condición que los anteriores. Escribano se puso de cerca, pero se descubrió en algún momento y el toro aprendió dónde estaba el cuerpo del torero. A partir de entonces, la faena fue un toma y daca, de medios pases, pero de efectos en el tendido. De querer pero de no terminar de poder. La estocada, entrando con todas las ganas del mundo, le cayó algo trasera y desprendida. El premio, excesivo y generoso, no se correspondió con la realidad.Victorino Martín / El Cid, Manzanares, EscribanoToros de Victorino Martín, de correcta presentación y de gran juego en el último tercio. Con fijeza, humillación, nobles y exigentes. Cumplidores en varas. Al tercero se le dio la vuelta al ruedo. El sexto, deslucido. Los seis murieron con la boca cerrada.El Cid: pinchazo -aviso- media estocada (saludos); gran estocada (dos orejas).José María Manzanares:: estocada (oreja); pinchazo, pinchazo hondo -aviso- y dos descabellos (saludos).Manuel Escribano: -aviso- tres pinchazos -segundo aviso- otro pinchazo (saludos); estocada trasera y algo desprendida (dos orejas).El Cid y Escribano salieron a hombros por la puerta grande.Plaza de Alicante. 24 de junio. Sexta de Feria. Tres cuartos de entrada (7.947 espectadores, según la empresa).
Gran dimensión de El Cid ante una excepcional corrida de Victorino Martín
Generoso premio de dos orejas para Escribano, y Manzanares, cumplidor y comprometido, paseó un trofeo











