El capitalismo nunca ha sido capaz de autorregularse. Pero sí es capaz de purgarse periódicamente en una orgía de quiebras tras la que sobreviven solamente los más fuertes. Cientos de miles de millones de dólares arden en una hoguera, los inversores más incautos pierden fortunas, el ciudadano de a pie sufre la recesión causada por la “destrucción creativa” y recomienza el proceso, con una nueva élite de megamillonarios y un nuevo relato sobre las fuentes de la riqueza.

Antes de la gran hoguera, la burbuja bursátil se hincha hasta extremos inverosímiles. Llegado el momento, la burbuja estalla.