A los mercados les gustan las verdades del barquero. Las que nunca fallan. Las recetas infalibles, casi de perogrullo. Una: todas las burbujas explotan. Y dos: las crisis siempre acaban llegando. Pero los mercados tienen también su lado sofisticado: en un tiempo eterno toda profecía termina por cumplirse, pero en esos dos casos lo difícil es acertar con los tiempos, y se puede ganar mucho dinero apostando al momento en que explotará una burbuja y llegará la crisis. Los analistas habían descontado que las erráticas políticas económicas del trumpismo iban a provocar una sacudida a corto plazo en Estados Unidos, y hubo unos días en abril de auténtica pesadilla, pero el fin del mundo no termina de llegar a pesar de que los datos macroeconómicos palidecen cada vez más. La previsible tormenta ha dado sustos, pero los nubarrones no descargan como prometían. A la corta no se atisba el Apocalipsis. La ansiedad se traslada al medio plazo.

Los inversores siguen surfeando la marea de subidas bursátiles, pero a la vez empiezan a encender las señales de alarma. Detectan signos cada vez más preocupantes de que Trump está hinchando una burbuja jupiterina a base de crédito y deuda. Esa bomba de relojería convive con una segunda burbuja de corto plazo, en la Inteligencia Artificial, que de momento no llega a la economía real pero sí se traduce en cotizaciones mareantes. Las Bolsas se han revalorizado en torno a un 30% desde el pinchazo del Día de la Liberación, en abril —el arranque de la febril escalada arancelaria, que desató un episodio de inestabilidad brutal—, pero bajo ese estanque de aguas tranquilas empiezan a formarse incipientes remolinos. Los grandes jugadores del mercado —fondos soberanos, de pensiones y hedge funds— tenían todo su dinero en activos en dólares; ya no, han empezado a diversificar por si las moscas ante el incierto rumbo político, el continuo deterioro de la economía, las dudas sobre el futuro papel de la divisa norteamericana y el agujero fiscal creciente, que es ya una especie de elefante en la habitación. Los tipos de interés de la deuda van hacia arriba, con un abultado déficit y una deuda mareante que tienden a empeorar con continuas rebajas fiscales. Las agencias de calificación le han quitado a EE UU la máxima nota de solvencia y han lanzado duras advertencias. Y las empresas han cancelado —temporalmente: esa es la buena noticia— sus inversiones a la espera de que se aclare el panorama.