La volatilidad ha vuelto con fuerza a los mercados. Las tensiones políticas, la incertidumbre sobre los tipos de interés y el huracán Trump, con su plan para levantar un muro arancelario contra el mundo, han provocado jornadas de infarto en los parqués, con bruscos movimientos en los índices. Y aunque las Bolsas han logrado recuperar parte del terreno perdido, el ingrediente de la volatilidad ha removido de nuevo los cimientos del mercado. En este contexto, la pregunta que se cuela en la cartera de los inversores: en tiempos de incertidumbre, ¿es mejor confiar en la gestión activa o en la pasiva?
El debate no es nuevo, pero la coyuntura actual lo reaviva. En los últimos años, la gestión pasiva ha ganado terreno. La popularización de fondos indexados y fondos cotizados (ETF) con comisiones ultrabajas, unida a la estabilidad de los mercados y al rally casi ininterrumpido de Wall Street gracias a la fe en el potencial de la tecnología y la inteligencia artificial, invitaba a indexarse y echarse a dormir. Pero las reglas han cambiado.
Quienes defienden la gestión pasiva subrayan su sencillez y bajo coste, además de su sólido comportamiento a largo plazo en mercados maduros. “La gestión pasiva es sencilla y económica. Es como subirse a un tren que ya está en marcha: nos lleva donde va el mercado, ni más ni menos”, explica Víctor Martínez, miembro de la Asociación Europea de Planificación Financiera (EFPA). Este modelo de inversión trata de replicar índices como el S&P 500 o el Euro Stoxx 50 y ha demostrado ser difícil de batir por los gestores activos en horizontes de una década o más, cuando las fluctuaciones se diluyen y la eficiencia de los mercados se impone.






