Las elevadas valoraciones, un punto de partida con los índices en máximos y unos mercados muy concentrados en los grandes valores presionan en favor de un modelo de gestión más activo
La gestión pasiva ha registrado un auge imparable en los últimos años, hasta el punto de sacudir y obligar a mover ficha a toda la industria de la gestión de activos. Los ETF o fondos cotizados se pliegan a la marcha del mercado al máximo detalle, ya sea replicando índices bursátiles, bonos o metales preciosos como el oro o la plata. Su gran atractivo radica en ofrecer la misma rentabilidad que el conjunto del mercado y hacerlo, en un favorable entorno alcista como el de los últimos años, con unas comisiones bajísimas frente a los fondos de inversión activos, que requieren de un equipo de análisis para la toma de decisiones y exigen más gastos. Pero las tornas podrían cambiar en 2026: los analistas apuntan a este año como el de la vuelta a la gestión activa.
Los máximos históricos de los que parten las Bolsas, las elevadas valoraciones y el alto nivel de concentración del mercado en un puñado de gigantes tecnológicos —causado en buena parte por la gestión pasiva— amplifican el riesgo de corrección bursátil y obligan a la selección de valores y a la búsqueda de oportunidades. Así, en un año que arranca bajo la sospecha de una burbuja creciente en la inteligencia artificial, dejarse llevar sin más por los índices puede no ser la mejor opción.






