La Casa Blanca dirige con volatilidad extrema el paso de los inversores aunque el mercado también pone el límite a los excesos. La guerra en Irán y el alza del petróleo abren un nuevo pulso

Hace un año, los mercados observaban a Estados Unidos con creciente inquietud. Donald Trump cumplió sus advertencias y lanzó una ofensiva arancelaria que supuso la mayor subida de barreras comerciales desde la Gran Depresión. La reacción del mercado fue inmediata: el temor a una recesión y la perspectiva de menores beneficios empresariales desencadenaron fuertes correcciones bursátiles, comparables a las vividas en episodios como el triunfo del Brexit o la crisis de deuda de la zona euro.

Pero la histeria duró menos de una semana. Para contener la oleada vendedora sobre la deuda de EE UU y el dólar, que comenzaron a caerse de su pedestal de activos refugio, Trump dio marcha atrás y anunció una tregua arancelaria. Aunque los descensos bursátiles fueron pronunciados (el S&P perdió un 12% en cuatro sesiones y el Ibex un 11,7% en tres), lo que realmente inquietó a la Casa Blanca fue el aumento del coste de financiación. La frontera que hizo dar marcha atrás a Trump fue el rendimiento del bono de EE UU a 10 años.