La guerra que Estados Unidos e Israel lanzaron en febrero pasado contra Irán ha tenido consecuencias imprevisibles, ninguna positiva para los dos países, todas graves para el mundo.
El presidente Donald Trump ha ganado más desprestigio y el primer ministro Benjamín Netanyahu enfrenta duras críticas en su propia coalición y en la oposición. Ambos tienen elecciones por delante y la guerra influirá en los resultados. El memorándum de entendimiento firmado el 19 de junio es muy favorable a Irán que, sin embargo, ha sufrido un alto coste humano y de infraestructuras.
En las últimas semanas circulan análisis indicando que esta guerra es un episodio clave en el fin de la hegemonía de Estados Unidos en Oriente Medio. Muchos expertos auguran que su dominio no se acabará de inmediato, pero gracias a los graves errores de Trump, previamente los de Joe Biden (por su apoyo incondicional al genocidio de Israel en Gaza) y las políticas de presidentes anteriores, los Estados de la región buscarán nuevas formas de coexistencia.
La arquitectura de seguridad regional articulada durante décadas en torno a la alianza de Estados Unidos con Israel, por un lado, y Arabia Saudí con las monarquías del Golfo, por otro, sufre una profunda revisión. A la vez, en el contexto del repliegue de Washington respecto a sus alianzas militares en el mundo, las discrepancias entre Estados Unidos e Israel no alteran la alianza estratégica entre los dos, pero generan dudas en círculos militares, de inteligencia y políticos israelíes sobre la fiabilidad del apoyo de Washington.













