Los faros siempre han tenido una función muy concreta: ayudar a quienes navegaban cerca de la costa. Antes de convertirse en paradas habituales para viajeros, servían para reconocer un cabo, localizar tierra firme o evitar tramos complicados cuando el mar y la falta de luz hacían más difícil orientarse. Por eso muchos están en puntos extremos, sobre acantilados o en lugares donde el litoral necesitaba una señal clara para los barcos.

Hoy siguen teniendo esa relación con la navegación, pero también se han convertido en una forma sencilla de acercarse a la historia de cada costa. Algunos están ligados a rutas de peregrinación, otros a antiguos mapas o a zonas donde el mar ha condicionado la vida durante siglos. Finisterre, Punta Orchilla, Formentor y la Torre de Hércules son cuatro ejemplos distintos, repartidos entre Galicia, Canarias y Baleares, donde el interés no está solo en la vista, sino en todo lo que explica su ubicación.

Faro de Finisterre, el final de tierra frente al Atlántico

El Faro de Finisterre se encuentra en el cabo del mismo nombre, en la provincia de A Coruña. Su nombre procede del latín Finis Terrae, una expresión vinculada a la idea del final de la tierra conocida. Esa imagen ha acompañado durante siglos a este punto de la costa gallega, donde el Atlántico se abre de golpe y el paisaje ayuda a entender por qué este lugar acabó teniendo tanto peso simbólico.