El acuerdo de paz sigue en el alero. EEUU, Irán y el país anfitrión (Suiza) admitieron la suspensión de la rúbrica en la estación invernal alpina de Bürgenstock y volvieron a situar en un limbo el enésimo intento de acabar con más de cien días de conflicto armado que ha sobrepasado los 100 días. En este caso, sobre la campana. Con Donald Trump a un paso de territorio helvético y rodeado de sus homólogos del G-7, el pacto, larvado tras unas arduas negociaciones, parecía el epitafio definitivo. Tanto, que se le había colgado el cartel de “consenso de la gran transacción”, porque sus 14 preceptos giraban en torno a la idea de intercambiar seguridad por prosperidad.
En una primera lectura, los observadores internacionales convinieron en precisar que había en el tratado un leit motiv que hilvanaba las narrativas discrepantes de Washington y Teherán sobre tres pilares. Por un lado, la estabilidad regional; por otro, los límites al programa nuclear iraní y, finalmente, la reinserción económica del régimen chií en los mercados exteriores.
Pero lo que inicialmente parecía la entente cordiale más ambiciosa entre ambos países desde 1979 se convirtió, incluso antes de su firma, a medida que se conocían los detalles, en un océano de suspicacias.














