El acuerdo para poner fin a la guerra entre Estados Unidos e Irán, cuya firma se ha anunciado para este viernes, tiene que ser celebrado por cuanto acaba con cuatro meses de conflicto bélico que han costado la vida a miles de personas, causado cuantiosos daños materiales en media docena de países y colocado al mundo al borde de una peligrosa crisis energética y económica. No obstante, el alivio general no puede enmascarar las graves consecuencias que esta guerra injustificable tendrá a largo plazo para la población iraní, para la estabilidad regional y para el sistema de relaciones internacionales por culpa el aventurerismo arrogante del presidente de Estados Unidos, Donald Trump, y su socio regional, Benjamin Netanyahu.En realidad, el acuerdo entre Washington y Teherán no es más que la extensión durante 60 días del frágil alto el fuego existente entre ambos países y que ha sido roto en varias ocasiones. La grandilocuencia del presidente estadounidense al anunciar la paz, habitual por otra parte en tantas ocasiones frustradas, no se corresponde en la realidad con un consenso que resuelva las importantes cuestiones de fondo. Tampoco garantiza, en la medida en que lo puede hacer un tratado, la estabilidad en la región. Lo cierto es que, si como todo el mundo desea, la guerra iniciada en febrero pasado termina de una vez, lo hará sin que hayan llegado a conocerse las razones por las que empezó. Y no porque Trump lo haya mantenido en secreto, sino porque ha ido cambiando continuamente de motivo hasta evidenciar su falta de convencimiento. En un primer momento, Trump dijo que ordenó bombardear Irán para acabar con la dictadura teocrática islámica. El régimen de los ayatolás no solo no ha caído —a pesar del asesinato del líder supremo Alí Jameneí— sino que ha redoblado la sangrienta represión interna y ha experimentado con éxito cómo dejar incomunicada del resto del mundo a su población con un corte de Internet. Además, puede presumir de no haber sucumbido y ahora va a tener un importante alivio económico con el levantamiento parcial de las sanciones. A continuación, Trump habló de impedir que Irán obtuviera el arma nuclear. Eso ya lo había logrado el tratado firmado en 2015 que rompió el propio Trump. La realidad es que ahora no está claro donde se encuentran 450 kilos de uranio enriquecido por encima del 60% que Irán había acumulado desde la decisión de Trump. En este sentido, no se vuelve a la casilla de salida, sino más atrás. Finalmente, en las últimas horas, Trump ha lanzado mensajes entusiastas sobre la reapertura del estrecho de Ormuz, cuyo doble bloqueo ha encarecido los combustibles en todo el mundo. Pero hay que recordar que este paso, vital para la economía mundial, ya estaba abierto con toda normalidad antes de que el mandatario atacara Irán. El presidente de EE UU se jacta de haber resuelto un problema que en realidad él solo ha provocado.Mientras, la guerra en Irán ha dado cobertura a Netanyahu para acelerar el expansionismo bélico israelí. El fin de las hostilidades supone un revés para sus ambiciones, y ya ha indicado que no piensa renunciar a su estrategia de tierra quemada en Líbano aunque irrite a la Casa Blanca. Israel es hoy el actor más imprevisible de Oriente Próximo y el menos interesado en la estabilidad.La aventura de Trump ha llevado el equilibrio internacional al límite para luego presumir de pacificador. Este acuerdo es la solución provisional de un problema que nunca debió existir.