Actualizado a las 19:25h.

La paz anunciada entre Estados Unidos e Irán merece una cautela extrema. Donald Trump ha proclamado tantas veces la inminencia de un acuerdo que resulta difícil conceder credibilidad automática a un nuevo anuncio. La cadena CNN ha contabilizado 38 ocasiones en las que el presidente estadounidense aseguró que el entendimiento estaba próximo. Ahora sostiene que este viernes, en Ginebra, se firmará la paz definitiva auspiciada por Pakistán. Habrá que esperar a conocer el texto, sus garantías y su grado real de cumplimiento antes de dar por cerrado un conflicto que ha desmentido repetidamente los pronósticos de Washington. Pero incluso si el pacto prospera, la pregunta política de fondo resulta inevitable: ¿para qué se hizo esta guerra?

Estados Unidos e Israel iniciaron la ofensiva contra Irán el pasado 28 de febrero. Tres meses y medio después, miles de muertos, una gravísima perturbación de la economía mundial, una crisis energética que ha tensado los mercados y una visible erosión de la posición internacional de Washington han desembocado en un escenario objetivamente peor que el anterior. Entonces se negociaba desde la diplomacia; ahora se negocia después de una guerra cuyo principal resultado ha sido reforzar la posición de la república islámica. El acuerdo deja para una fase posterior las cuestiones esenciales: el enriquecimiento de uranio, las inspecciones y el alcance del programa nuclear iraní. Es decir, aquello que supuestamente justificó el recurso a la fuerza continúa sin resolverse. Irán, además, ha descubierto que la amenaza de cerrar el estrecho de Ormuz es una herramienta de presión extraordinariamente eficaz. La creciente asimetría entre el coste de los grandes despliegues navales y el de sistemas relativamente baratos, como los drones antibuque, amplía su margen de influencia en futuras negociaciones.