La primera vez que Cabaret Voltaire actuó en directo, Stephen Mallinder acabó en el hospital. Corría el mayo de 1975 y, en sus propias palabras, “era imposible que aquello le gustara a nadie”. Aun a sabiendas de la radicalidad de su propuesta, Mallinder, Chris Watson y Richard H. Kirk no contaron con que el público reunido en el refectorio del Sindicato de Estudiantes de Sheffield estuviera formado por alumnos de ingeniería borrachos: “El equivalente académico de los hooligans del fútbol”, recuerda hoy el músico británico entre risas, en una entrevista previa a su presencia en el festival Sónar de Barcelona, este jueves 18 de junio.
Con todo, hace cincuenta años este tipo de broncas no eran del todo insólitas. Cabaret Voltaire formó parte de la primera ola de lo que se dio en llamar “música industrial”. Más que un sonido común, los artistas que orbitaban alrededor de Throbbing Gristle y su sello Industrial Records —de ahí la etiqueta— compartían una metodología y una actitud: montajes en cinta magnética, instrumentos electrónicos, uso indiscriminado del ruido y un talante abiertamente confrontativo.
Demasiado ‘difíciles’ para los punks, demasiado punks para la vanguardia académica, SPK, Monte Cazazza, Clock DVA y los propios Cabaret Voltaire operaron al límite de lo que en la época se consideraba “música” y sembraron el terror durante el último lustro de los setenta desplegando un imaginario apocalíptico —psicosis, ultraviolencia, parafilias, conspiracionismo— diseñado para desarticular el aparato semiótico del pop.












