El Sónar 2026, el primero sin sus creadores, ya es historia. Manteniendo la tradición de años anteriores la noche del sábado impuso el baile en su cara más frenética, llenando el recinto, al menos visualmente, aunque sin llegar a la saturación. Esa la brindaban algunos graves, verdaderos pulmones de un certamen que mantiene su cara hedonista como banderín de enganche ante un público que a pesar del paso del tiempo y del decaimiento físico mantiene una vitalidad que probablemente sólo muestre así una vez al año, precisamente en el Sónar. Esa vinculación emocional, esa aglomeración de recuerdos y esas capas de vivencias sedimentadas en la memoria mantiene la fidelidad de miles de personas con el festival, cuya noche no ha perdido fuerza ni se ha desdibujado tanto como el día, al que el cambio de ubicación ha dejado, al menos en esta primera edición de cambio, bastante difuminado. Las cifras, imposibles de verificar, dadas al por mayor al incluir todas las actividades del Sónar y sujetas a los deseos de los organizadores interpretando su realidad, dicen poco, las instantáneas de su última noche lo resumen mejor. Y las mejores se acogieron con The Prodigy y en la sesión de Stoor, antes de que el descorche definitivo con Amelie Lens llevase al festival a los confines del amanecer.Y siempre, absolutamente siempre, aunque nada pase en los escenarios, el espectáculo está en el público. No eran ni las 22:00h y The Prodigy no habían salido a escena para asalvajar al Sónar, pero ya era visible un joven de treinta y tantos años con camisa tradicional de cuadros que pugnaba por llevar su mano izquierda a un bolsillo que situado en la parte derecha de su camisa era incapaz de localizar. Parecía darse una desconexión entre cerebro y extremidades de resultas de la cual el bolsillo había cambiado de lugar. Su mirada borrosa no lo enfocaba y cuando lo hizo le costó un par de temas de The Prodigy colocar lo que fuere en su interior. En escena Maxim, el cantante del grupo, ya había berreado varias veces, lo de berrear es textual, “it’s an omen” y comenzaba a hacer lo propio con el segundo tema, gritando cavernoso esta vez, “voodoo people”. Sí, quizás desconfiando de la memoria de su público, el grupo tiene a bien repetir como antes se hacía con los afluentes del Tajo, el título del tema en su desarrollo. Así el primero fue Omen y el segundo Voodoo People. El señor de la camisa se fue a bailar por ahí, entre el público que llenaba el Club. Probablemente no se encontró a sí mismo en toda la noche.The Prodigy es una banda que casa con buena parte de la asistencia del festival, personas que dejaron su juventud casi tan lejos como el bolsillo del treintañero de mirada borrosa. Su apabullante mezcla de electrónica de potaje, con ritmos duros como garbanzos sin remojar, guitarrazos casi punks, lemas que parecen destinados a incendiar los ánimos, abundantes “fucks” en las exhortaciones y electrónica de latidos gordos, tiene partida de nacimiento en los noventa, cuando parte de la audiencia era joven. De hecho Firestarter –“I’m a firestarter, you’re a firestarter”, repetía Maxim-, tiene ya 30 años. Para celebrarlo, al sonar el tema en la primera mitad del repertorio, se encendieron los láseres verdes y de la masa salió una exclamación de asombro parecida a cuando una colección de fuegos artificiales alcanza su clímax. El láser está más visto que el transistor, pero siempre pasma. Un misterio que debería abordar el Sónar+D.Aquella rave descomunal continuó su ascenso hasta el paroxismo, una escalera hacia el cielo que dejaba a la de Led Zeppelin a la altura de un taburete. Ver a 12.000 personas, las que caben en el escenario Club, botar felices y al unísono con Smack My Bitch Up o con Breathe tenía mucho de físico, como la propia música del grupo, que dispuso con cierto aire ingenuo dos enormes pistolas sobre sus cabezas que recordaban más que a armas del futuro a esas que de plástico lanzan chorros de agua en playas y piscinas. Y es que hay veces que lo que pretende ser más agresivo tiene un sustrato de ingenuidad casi enternecedora. Es lo que pasa con The Prodigy, quieren asustar imponiendo una estética ruda, pero casi queda en parodia teatral bien ejecutada. Fue el suyo un concierto categórico, poco experimental y vanguardista, pero los festivales han de cuadrar números y hacer feliz a su público facilitando el reencuentro consigo mismo. Poco que objetar.El perro que ladró y mordió fue Stoor, lo que puede considerarse el latido del Sónar 2.026, que ha mejorado en ambientación y cuya distribución de amplitudes se antoja bien resuelta, al menos con la afluencia de este año. Y lo del latido tiene sentido literal, pues en una amplia área el pulso constante de Stoor era perceptible como esos faros que anuncian el peligro de la costa. A las 02:00h de la madrugada su interior era acongojante, una penumbra de bultos danzantes, y un sonido seco de compás 4x4 con los cuatro tiempos marcados. A su alrededor sonidos inquietantes, ora fabriles, ora psicodélicos ora simplemente perturbadores o incluso voces distorsionadas que en un momento añadió Speedy J, el factótum de Stoor, cinco dj’s improvisando durante horas (el sábado Dasha Rush, Luke Slater, Matther Johnson y Ø [Phase] y el propio Speedy) . Llegado un instante se sumaba al pulso seco otro pulso no exactamente en el mismo tiempo que retumbaba reforzándolo, y era entonces cuando la euforia se apoderaba del lugar, al que un gentío hacía cola para acceder. Techno impenitente, de morfología variable, improvisado como si aquello fuese un quinteto de jazz abrazando la libertad de lo imprevisto. Sin duda uno de los hallazgos de este Sónar, una excitante fuentes de sensaciones que iban de la aflicción a la euforia, de la celebración al atropello, de la interiorización del mantra de la repetición a la euforia del ritmo redoblado que iba y venía asaeteado por frecuencias de toda índole. Casi sin luz, la necesaria para no tropezar.A su lado Two Shell, rostros velados para mantener ocultas sus identidades, resultaron sólo divertidos, con ritmos a base de bajos retumbantes de inspiración UK Garage y house, explicitación funky e inserciones de muestreos vocales para acentuar las melodías. Estrenaron temas de su inminente disco, caso de The Nightmare, un sencillo trotón lanzado en enero, pero tampoco con otro avance como Follow, con sus voces entrecortadas y ritmo en síncopa consiguieron levantar la adhesión lograda por Takuya Nakamura, que antes, en la cabina de dj del mismo escenario, situada en su lado opuesto, lanzó sencillos fraseos de jazz que luego muestreaba sobre bases que iban del jungle al drum&bass. Francamente excitante notar cómo los bajos hacían retumbar la grada tras su escenario, con el consiguiente cosquilleo en los pies. Incluso cantó, al parecer desafinado, pero en realidad lo hacía siguiendo los patrones y escalas japonesas, lo que alteraba la sonoridad a la que estamos acostumbrados. El techno quirúrgico de otro compatriota, Wata Igarashi y el pop con bajos y percusiones de whomadewho en el Village son otras estampas sonoras de la noche. Parte del público ya estaba exangüe bajo las estalactitas de la instalación Organysmo mientras la noche avanzaba a su disolución en el día. El Sónar se diluía en ritmo y deja en el aire preguntas que deberán comenzarse a resolver al año que viene, cuando su público haya hecho otro acopio de energía que diseminar en los hangares.
The Prodigy y Stoor, dos formas de perturbar en la última noche del Sónar
La banda inglesa The Prodigy lo sugirió en trazo grueso y los dj’s de Stoor lo esculpieron en la oscuridad de su escenario










