La primera sensación que tienes al entrar al nuevo Sónar es que te has perdido en tu propia casa. Es como si viviendo en un palacio alguien hubiese cambiado las estancias de lugar provocando una percepción de desorientación, particularmente inquietante porque en el fondo todo te suena. Es por ello que el público que entró en los enormes recintos de la Fira de Hospitalet de Llobregat deambulase inquieto y preguntando a todo el mundo por la nueva ubicación de los escenarios. Día y noche sin fronteras. El pánico no cundió, poco a poco, todo fue encajando aunque los primeros instantes eran descorazonadores. No todos los escenarios tenían su nombre indicado y no sobraban carteles orientadores. Lo animoso del asunto era que, una vez más, parecía estrenarse un festival que ya ha superado la treintena, añadiendo un aire de vértigo a un certámen acostumbrado a ofrecerlo como parte de su alma. El Sónar es otro queriendo ser el mismo, el tiempo dirá si lo consigue.En las primeras horas, localizado el Village porque mantiene el césped artificial que ya es más Sónar que las mutaciones y sustos del festival, Loli Zazou abrió el festival con una sesión de sustrato amable seguida por lo que parecían operadores de cámara aún sin escenarios asignados, pues todo el mundo iba de negro. Más tarde quedó claro que es el color que el público ha escogido como común en esta primera jornada, en la que esas horas no había demasiados jóvenes y sin más de varias decenas de personas definitivamente maduras. Todas ellas bailaron poco después de manera bastante animosa con un grupo que iba de blanco inmaculado, once músicos, entre ellos seis vocalistas, que respodian por Arp Frique, cuyo líder, de igual nombre artístico, lucía un guardapolvos con lentejuelas que brillaba bajo el sol. Media pista vacía, la soleada, como el escenario, éste lleno, claro, mientras que en la otra mitad se arracimaba el público a la sombra activado por el cosquielleo funk con derivadas gospel que el grupo servía con una carnalidad manifiesta. Guitarreo fino, fondos de teclados en contratiempo, un bajo robusto y musculoso y filigranas vocales que remitían al canto gospel de las iglesias. Temas como Peace call o Holly Ghost, marcaron el primer tramo de su concierto, en el que sonó por una esquinita hasta Stevie Wonder. Un comienzo vitalista para iniciarse en el baile cuando el cuerpo aún lo resiste todo.Por las tripas de los hangares una de las atracciones más concurridas era la instalación Organysmo, donde muchos cámaras encontraron su paraíso captandola desde todos los ángulos posibles. Se trata de un rectángulo sobre el que penden una especie de estalactitas cuadrangulares de diferente tamaño en tonalidades rojizas. Parece el planeta de un Superman comunista. En el centro un espejo oscuro refleja las estalactitas y hasta parece hueco, de forma que el vértigo se activa con cierta facilidad. Y el sonido, que presuntamente activa la cantidad de personas que allí están, recuerda poderosamente aquel recordado pasillo de sonido que en teoría aislaba acústicamente dos escenarios del recordado Sónar que justo aterrizaba en la Fira Hospitalet. Nada como los recuerdos para activar la nostalgia.Y para compensar la carnalidad de Arp Frike, Metrika con sus ritmos traperos digitales en contraste con su presencia puramente física de mujer segura de si misma. Carnalidad digital que no suda. La procacidad de sus letras, la potencia de sus graves, la fuerza de su reggaeton y el contenido de temas como Culo con culo, Al gimnasio en tacones, puro hardcore de sudorosa pista nocturna, Una Bimbo por Madrid o Conejita Playboy, marcaron la tarde. Como una Bad Gyal pero más cruda y aún más descarada, la castellonense, casi inmóvil para dejarse ver, como las diosas, triunfó pese a que en ocasiones su voz filtrada apenas se entendía. El mensaje es la actitud, entre otras cosas. Mientras tanto, en los intestinos de un hangar, en el escenario Car, arrancaba un set improvisado de discjockeys capitaneado por DJ Spooky. Entorno a ellos el público miraba a esta suerte de demiurgos manipulando aparatos unidos por metros de cableado. A veces parecían seis DJ, pero uno de ellos era un cámara que lo grababa todo, quizás con la intención de luego proyectarlo en el rectángulo totémico que pendía sobre sus cabezas. Entrada la noche promete ser uno de los pulmones de un festival que justo ayer daba sus primeros y aún timidos pasos.
Funk, procacidad y extravío en las primeras horas del nuevo Sónar
Las actuaciones de Arp Frique y Metrika animaron el arranque del certámen en una amplitud aún no tomada por las multitudes







