Según una encuesta de elDiario.es, aproximadamente uno de cada tres votantes de izquierdas cree que el caso que hoy salpica al entorno del Gobierno es, en realidad, una operación urdida contra él. Se trata de datos preocupantes por lo que revelan sobre el estado del espíritu crítico en la izquierda. Conviene explicitarlo para no llevar a confusión: es posible, y es necesario, reconocer que las derechas harán cuanto esté en su mano por derribar a este Gobierno, y que tienen ascendiente suficiente dentro del Estado como para intentarlo con altas probabilidades de éxito. Pero de ahí no se puede inferir que un caso que incluye la creación de sociedades pantalla para hacer negocios sea, también él, un producto de las maniobras de la derecha. Que el adversario quiera aprovechar el incendio no lo convierte en quien lo provocó. No deberíamos pasar por ahí.

Hace algunas décadas, un grupo de pensadores se dedicó a desbrozar las trampas lógicas en las que había caído buena parte del marxismo y del pensamiento de izquierdas en general. Aquellos ‘marxistas analíticos’ —así se llamaron— dedicaron esfuerzos brillantes a demostrar que del hecho de que un fenómeno beneficie a X no puede inferirse que X sea su autor ni su responsable. Lo llamaron crítica a la explicación funcional, y su blanco era el marxismo que explicaba cualquier institución diciendo que existía “porque” convenía al capital, sin molestarse en mostrar el mecanismo concreto por el que el interés del capital se traducía, supuestamente, en esa institución particular. La falacia es elemental —beneficiario no es lo mismo que causante—, y sin embargo sigue siendo asombrosamente habitual en la manera en que una parte de la izquierda lee la sociedad.