Las conspiraciones rara vez son ciertas. De hecho, ni siquiera quienes intentan difundirlas creen en ellas. Es improbable que Franco creyera sinceramente en la confabulación judeomasónica, y tampoco es plausible que Óscar López considerara que alguien en la Guardia Civil quisiera colocarle una bomba lapa al presidente Sánchez. Quienes exacerban la suspicacia sólo buscan inocular desconfianza, que es la antesala del miedo. Y cuando todos entramos en pánico, es mucho más sencillo activar mecanismos de control y dominio. Nada que los clásicos no supieran, por cierto. De lo que se habla muy poco es de las conspiraciones que, aunque no existen, sí deberían tener lugar. Y me refiero, naturalmente, a la conspiración de los justos. En todos los partidos políticos —y subrayo, todos— hay personas de una especial valía. No siempre son mayoría y, por desgracia, en muchas ocasiones su capacidad de influencia se ve afectada por la mediocridad contextual que tantas veces asuela nuestras instituciones.Los excelentes se parecen. El mejor del PSOE y el del PP, pero también el mejor de Vox, de Podemos o de ERC suelen exhibir los mismos rasgos. Frente a la obcecación del rebaño, son personas cautas y capaces de elaborar un criterio propio. Son lo suficientemente valientes como para desafiar a la mayoría y confrontan con la inercia del grupo o el jefe cuando toca. Y, ante todo, atesoran la prudencia de quien basa su juicio en la observación y no en la ceguera ideológica. Frente a las fuerzas de choque más aparateras, estas personas singulares mantienen una posición crítica con respecto a sus propias convicciones. Y lejos de gritar o ser soeces, formulan sus principios, aunque sean vehementes, con la precaución de quien lúcidamente se sabe falible. Habitan, por supuesto, en los partidos, pero también se sientan en las grandes empresas del Ibex o en las redacciones de periódicos, participan en iniciativas civiles y su existencia es común a todos los gremios y funciones. España es un país que clama por la reconciliación. El próximo ciclo político puede y debe ser el de la concordia, y para que eso ocurra no podemos confiar en el azar ni en las élites que se han lucrado, figurada y literalmente, del conflicto y la polarización. Los justos de todos los colores deben conspirar, reunirse, acordar, facilitar el encuentro y trazar una hoja de ruta con la que favorecer la construcción de una nueva amistad civil. Y para que ningún mediocre desbarate el plan, ojalá lo hagan en secreto.
La conspiración de los justos
El próximo ciclo político debe ser el de la concordia, y para ello no podemos confiar en el azar ni en las élites que se han lucrado de la polarización









